
Cuando estudiantes y docentes de la carrera de Comunicación de la UMSA se presentaron temprano en la mañana del 3 de febrero en el 5 piso del edificio René Zavaleta para reiniciar el periodo lectivo luego de seis semanas de vacaciones, se encontraron con que las aulas estaban cerradas, supuestamente porque no se habían concluido a tiempo las refacciones (una mano de pintura). Esa patética incapacidad de gestión no impidió sin embargo que el director de la carrera, unas horas más tarde, inaugurara con solemnidad el nuevo semestre de clases. Uno se pregunta si no les da vergüenza ser tan inútiles (además de corruptos, como veremos a continuación).
El reconocido periodista y docente de esa carrera, Andrés Gómez Vela, quien no ha quitado el dedo del renglón desde hace meses para señalar las irregularidades y los actos de corrupción, reveló el jueves 3 de abril que la Unidad de Transparencia de la UMSA investiga la “desaparición” de 325.500 bolivianos y ha presentado una denuncia ante la Fiscalía en contra de una exfuncionaria de la carrera por el desvío de pagos realizados por egresados en un sistema que, en sí mismo, es una forma de corrupción, ya que a través de un “Plan Excepcional de Titulación de Antiguos Estudiantes No Graduados (PETAENG)” se puede obtener el título académico de licenciado mediante el pago de 14.000 Bs. A ese “sistema” absolutamente irregular en una universidad pública, se acogieron 48 egresados cuyos depósitos sumaron en total Bs672.000.
Este nuevo hecho no hace sino distinguir una vez más a la carrera de comunicación como un nido de corrupción, que no es problema de una funcionaria, sino de una red que se ha perpetuado desde hace varias décadas y que dice mucho de la situación general que vive la principal universidad pública del país.
He dudado si titular este texto “Universidades en la lona” o “Universidades en la luna” o “Universidades haciendo lana” o “Universidades hechas leña”. En el lenguaje coloquial cada una de esas palabras tiene un significado: “en la lona” es quedar derrotado, como un boxeador que ya no se levanta después de haber sido apaleado; “en la luna” (o “en la luna de Valencia”) es estar tan distraído que ha perdido contacto con la realidad; en México “hacer lana” es hacer dinero, lo contrario de estar trasquilado; en Bolivia “lanudo” es ser un holgazán, torpe o lerdo, y en Argentina un “lana” es un oportunista. Finalmente, estar como “leña” es no servir para nada más que para la hoguera.
El lector avezado verá qué palabra es la más apropiada para las universidades bolivianas. A mí me parece que todas las variantes se aplican, tanto a las privadas como a las públicas, que (unas más que otras) han caído a su nivel más bajo en cuanto instituciones que deberían tener la función principal de crear conocimiento nuevo para beneficio del país, y no solamente enseñar como cualquier instituto técnico.
Mucho han cambiado los tiempos, pienso con nostalgia y algo de rabia. Antes, las universidades estaban en el centro de la discusión política y académica. Algunos pensaban que estaban demasiado politizadas, pero en el buen sentido: su preocupación política era el país y tenían la misma actitud que las legendarias organizaciones matrices sindicales (hoy devaluadas y corruptas, como la COB o la FSTMB): el país primero, y luego las reivindicaciones mezquinas y burocráticas. Primero Bolivia y luego mirarse el ombligo.
Antes, las universidades no solamente era productoras de conocimiento con excelencia, sino que intervenían en los grandes debates de la sociedad boliviana. Su peso específico era importante, en particular aquellas universidades públicas que pesaban en la balanza de las decisiones sobre políticas públicas y contribuían a generar esas políticas públicas. Antes, en las manifestaciones masivas, cuando las universidades tomaban las calles retumbaba el pavimento. Ahora sólo retumba cuando salen a bailar y el pavimento queda cubierto de basura y latas de cerveza. Ensayan con meses de anticipación, y ahí sí, la asistencia es de 100 % no como cuando tienen que aparecer en las clases todos los días.
En estos tiempos, sobre todo en las universidades públicas, la política es solamente politiquería barata para mantener en el poder indefinidamente a grupos tan mediocres como pancistas. La politización ha sido reemplazada por el oportunismo político. Lo académico es secundario. La excelencia ya no existe. Ni en el peor de los casos yo sometería mi salud a un médico graduado en los últimos diez años. No quisiera que mi casa sea diseñada o construida por un arquitecto o ingeniero recién graduado en universidades bolivianas. Menos aún quisiera caer en las manos de abogados de las nuevas generaciones, ávidos de hacer dinero y de trasquilar a sus clientes. En mi propio campo de especialidad, la información y la comunicación, cunde la mediocridad: la gran mayoría de los “periodistas” o “comunicadores” recién graduados brillan por su ignorancia y su falta de cultura general, saben “hacer” (a veces), pero no saben pensar. Creen que comunicar es apretar botones en una cámara o hablar delante de un micrófono que disimula los errores de ortografía (cuando escriben, dan pena).
Personas cuyos méritos no corresponden a los puestos que ocupan, están a cargo de facultades, carreras y departamentos. Abunda la mediocridad y la incapacidad. Hay directores de carreras o decanos que en su vida han investigado o producido conocimiento de ninguna clase y no tienen las credenciales para estar donde están. Sólo se salvan algunos institutos de investigación descentralizados y autónomos, donde se refugia la mejor gente, los mejores investigadores, los profesionales más idóneos.
Las recientes (y no tan recientes) denuncias sobre corrupción en la carrera de Comunicación de la UMSA, no son sino la punta del ovillo. Estoy seguro de que lo mismo sucede en otras universidades públicas de Bolivia. Los escándalos se han sucedido en años recientes con una característica degradante: impera el cinismo porque no hay sanciones para los corruptos. Todo lo contrario: se premia la mediocridad. Sólo así se entiende que un director de la carrera de comunicación de la UMSA tuviera como experiencia anterior pasar audiovisuales en un museo. No cuenta en su haber ningún libro serio, ninguna investigación que aporte al conocimiento de manera innovadora. Y como premio, luego pasa a ocupar el decanato de la facultad de Ciencias Sociales, pese a acusaciones de acoso sexual y tráfico de exámenes de competencia. De ese nivel estamos hablando. Docentes en otras universidades del país han sido también acusados de acosar a estudiantes a cambio de notas. La corrupción moral va pareja con la económica.
Parece que ya quedó en el pasado otro escándalo en la UMSA: los “dinosaurios” de los centros de estudiantes o del CEUB, como Max Mendoza y Álvaro Quelali, que fungían tres décadas como representantes estudiantiles, en realidad haciendo negocios y ejerciendo chantajes. Una de las distorsiones de la autonomía universitaria es precisamente el poder desproporcionado y sin control de los centros de estudiantes, corrompidos hasta la médula por los recursos que reciben y mal utilizan. Frente a esos poderes fácticos los rectores parecen peleles sin autoridad o, peor aún, cómplices por su incapacidad de poner orden en la casa mayor. Mientras tanto los buenos docentes y estudiantes tienen que tragar sapos todos los días para no perder sus plazas.
Los recursos del IDH (Impuesto Directo a los Hidrocarburos) que reciben las universidades, son generalmente mal utilizados para comprar cosas, y no para apoyar investigaciones. Con el IDH se llenan de muebles enormes y de mal gusto los salones. Un ejemplo bochornoso es el Salón de Honor del rectorado de la UMSA (donde se encuentra el magnífico mural “Retrato de un pueblo” de Walter Solon Romero), saturado de ampulosos sillones para “autoridades” incapaces de asentar su trasero en una butaca más discreta. Parece que toda su importancia radica en los sillones, por lo demás son lo de menos. Cuando estuve hace diez años durante una corta temporada invitado en el IPICOM (instituto de investigación) de la carrera de Comunicación de la UMSA supe que con recursos del IDH se había adquirido, por ejemplo, una mesa de reuniones enorme que ni siquiera cabía en la pequeña sala donde funcionaba el instituto, además de unos enormes parlantes que nunca entendí para qué iban a utilizarlos (quizás para los bailes de carnaval). Había más computadoras que investigadores, lo que me hace suponer que probablemente esas computadoras (multiplicadas por mil en toda la universidad), quedaron muy pronto obsoletas antes de ser usadas.
Se “cosifica” la universidad gracias al IDH, pero en cambio no hay fondos para que los investigadores puedan participar en congresos académicos internacionales, peor aún, están obligados a pedir licencia a cargo de sus vacaciones y pagar sus pasajes y estadía para asistir a congresos donde representan a esa universidad que les da la espalda. En otros países de la región, como Colombia o México, los investigadores titulares tienen el derecho (y la obligación) de participar cada año en dos o tres congresos internacionales, para lo cual reciben el apoyo de sus centros de estudio. En la UMSA (y seguramente en otras universidades públicas de Bolivia), les sobra dinero para organizar campeonatos de deportes donde desplazan a 60 o 70 personas a otra ciudad, con pasajes, estadías y farras pagadas por el IDH o por aportes obligatorios. Por encima de lo académico se privilegia cualquier tontería que permite malgastar recursos públicos.
El oportunismo y el afán de lucro es uno de los males de las universidades privadas, que nacieron como negocios y no para satisfacer una necesidad nacional. Basta alquilar una casa para instalar una “universidad”. Algunas de esas universidades “patito” desaparecieron, pero otras crecieron, compraron más casas para alojar nuevas carreras y estudiantes, y finalmente construyeron lujosos edificios. No digo que todas sean malas, pero lo indudable es que son negocios, sin vocación de creación de conocimiento. Ni las universidades públicas ni las privadas crean conocimiento nuevo. Las universidades bolivianas no aportan nada nuevo. Sólo investigadores individuales, con su esfuerzo y a veces con becas y proyectos apoyados por universidades de otros países, producen conocimiento nuevo y valioso.
En la búsqueda de clientela, algunas universidades se están convirtiendo en institutos técnicos, ofreciendo nuevas “carreras” en función del mercado, pero no en función de generar conocimiento, necesario para que este país pueda pensarse y pensar su futuro. Esa tendencia se expresa gráficamente, por ejemplo, cuando la Unifranz (que usa sin reparo el nombre del gran Franz Tamayo) no tiene el menor empacho en publicitar en grandes vallas en la vía pública, un anuncio que dice literalmente: “Solo con teoría no haces nada”. Hay carreras universitarias de culinaria, hotelería, electrónica o comunicación digital (para producir seguramente más tiktokeros o youtubers). Estas derivaciones de oficios manuales corresponden a institutos técnicos y no a universidades. La “enseñanza superior” debería ser otra cosa, como su nombre indica. Las universidades podrían ofrecer posgrados de especialización, quizás.
¿Cuándo entenderán las universidades públicas y privadas que su función principal es apoyar al país en la creación de conocimiento nuevo, y no sólo enseñar a “hacer” cosas en función de un mercado laboral distorsionado? Probablemente nunca, y por eso nos aplazamos siempre en todo, incapaces de aportar al conocimiento global.
El autor es escritor y cineasta