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Opinión

Comadres resilientes

25 de Febrero, 2025
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Hoy te quiero hablar de mis comadres. Ella es Elenita, se ha graduado de limonera. Antes vendía manzanillas por las calles, como ha ahorrado unos pesitos extras, ha podido comprar limones que también vende por las calles.

Elenita sabe que tiene que caminar un montón. Bajo la lluvia, con el polvo que le entra a los ojos y pulmones. Bajo la amenaza de los motociclistas que no la respetan. O de las doñas que le niegan la compra.

Elenita sabe que si no vende no podrá llevar comida a sus wawas. Tantas que tiene. Soy la madrina de una nena. Por eso somos comadres.

Está también mi comadre Magaly, ella es mapadre (madre y padre a la vez). El fulano progenitor de su bebé se ha hecho pepa. No aparece ni para darle pañales, mucho menos para comidita. La Magaly teje. Bellezas salen de sus manos. Las mal vende por chauchas. Prefiere poco dinero, a nada.

A la Luisa no le va tan mal. Se ha metido a aprender cosmetología luego de que re estructuraran la empresa donde trabajaba y ella entró en el recorte de personal. No guarda rencor a sus gerentes. Las quiere un montón y ahora son sus clientes. Ella ha visto desde contabilidad, donde era la jefa, cómo los zánganos de Impuestos Internos han penalizado tanto a la compañía, con multas inventadas, hasta llevarla a la quiebra.

Ella es mi comadre de maquillaje. Cuando tengo alguna boda me pongo en sus manos. Bien bonito le sale. Y a mí me gusta como quedo.

Está mi otra comadre. La que entiende lo que es no ser mamá. Como ella, como yo, y como muchas otras, hemos vivido y vivimos el infierno de la infertilidad y las malas miradas de otras mujeres que no entienden cómo es que no hacemos “un esfuercito, pues”, para tener un bebé. 

Formamos parte de las comadrejas (desmadejadas por no ser madres). Somos las que no hemos hecho de la incesante búsqueda de la maternidad un estandarte. O las que, pasando por varios tratamientos, hemos decidido seguir adelante en la vida, sin la wawa en brazos.

También está mi comadre auténtica. La que llevo en el alma. La que me alienta cada día a salir de la cama y pelearla para trabajar, soñar, danzar, cantar y mentarle la madre a los abusivos, a los tontos de solemnidad, y a los corruptos.

Con ella hoy brindo por las comadres resilientes. Por las que se atreven cada día a dar la batalla. Para que cada una encuentre la forma de salir adelante en Plurilandia, cada vez más quebrada. Más corrupta. Más llena de narcotráfico. Más peligrosa.

Brindo por la joven mamá que ha tenido a su bebé hace poco y coloca su puesto de venta callejero. Sentada en la vereda, a merced de los gases tóxicos que salen de los escapes de los autos, dando de lactar a su nene y vendiendo carteras.

Alzo mi copa por la no vidente. La que vende la lotería nacional, pero no le atina al “gordo” de la lotería. Ella domina las calles. Sabe cómo moverse, pero no puede ver las copas de los pocos árboles que quedan.

Digo ¡salud! Por las científicas a cargo de aviarios, zonas de refugio de animales silvestres, o las protectoras de perritos y gatitos. Para ellas es un mal momento. La amenaza sobre los animalitos, árboles e insectos es una realidad patente.

¡A la salud tuya, querida comadre resiliente que me lees! 

La autora es periodista