La Paz, 28 de abril de 2026 (ANF).- La producción de camélidos en Bolivia atraviesa una etapa marcada por la caída de precios, la ausencia de políticas sostenidas y una débil infraestructura productiva, así lo advirtieron productores y especialistas, quienes coincidieron en que el sector enfrenta una fragilidad estructural que pone en riesgo su sostenibilidad.
Eliseo Apaza Sánchez, expresidente de la Asociación Departamental de Productores de Camélidos de La Paz, describió un escenario de abandono institucional que ha dejado a miles de familias sin respaldo estatal.
“En este momento no hay ningún programa que esté ayudando al productor camélido a nivel nacional”, afirmó en contacto con ANF al señalar que el sector se encuentra estancado por la falta de continuidad en las políticas públicas.
Uno de los principales problemas es la paralización del programa Pro Camélidos 2, cuya implementación depende de un financiamiento del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) que aún no ha sido aprobado por la Asamblea Legislativa.
Según Apaza, esta situación refleja una constante histórica: la falta de una ley nacional que garantice apoyo estructural al sector, una demanda que data desde 2010 y que sigue sin concretarse.
A ello se suma una brecha entre los anuncios oficiales y la realidad productiva. Aunque se ha planteado la exportación de carne desde regiones como San Andrés de Machaca (provincia Ingavi de La Paz), Apaza advirtió que no existen mataderos certificados en funcionamiento. El matadero de Palcoco (Provincia Los Andes) está inactivo y el de Catacora (provincia General José Manuel Pando) no cuenta con permisos sanitarios, lo que imposibilita cumplir estándares internacionales.
El dirigente también alertó sobre la necesidad de fortalecer la transformación de la carne en derivados, como salchichas o chorizos, iniciativas que en el pasado recibieron equipamiento, pero que hoy carecen de continuidad y apoyo técnico.

La situación se agrava por factores climáticos. La falta de lluvias en febrero ha reducido significativamente la disponibilidad de forraje, mientras que la escasez de agua amenaza con provocar una alta mortandad de animales entre agosto y octubre.
“Sin inversión en infraestructura para agua y alimentación, el impacto será severo”, advirtió Apaza.
Otro de los grandes obstáculos es la sarcocistosis, una enfermedad parasitaria que afecta a cerca del 60% del hato, según estimaciones del sector. Esta condición impide la exportación de carne y no cuenta con tratamientos efectivos.
“No hay vacunas ni medicamentos, y Bolivia debería liderar la investigación para encontrar una solución”, sostuvo.
En paralelo, los precios de los productos camélidos han caído de forma significativa. El kilo de carne de llama, que a finales de 2025 se cotizaba entre 40 y 42 bolivianos, ha descendido a 30 bolivianos. La fibra de alpaca también muestra una tendencia a la baja: la fibra blanca pasó de 100 a 60 bolivianos, mientras que la de colores cayó de 50 a entre 35 y 40 bolivianos.
Desde una mirada técnica, el investigador y analista de políticas públicas Magín Herrera coincidió en el diagnóstico crítico. Aseguró que Bolivia carece de una política de Estado para el desarrollo del sector camélido, lo que ha derivado en la implementación de programas temporales y dependientes de financiamiento externo.
“Han sido proyectos pasajeros que terminan cuando se acaba el dinero. No existe una estrategia sostenida”, explicó a ANF, al recordar iniciativas como el Proyecto Vale (2008-2010) y el programa Pro-Camélidos (2017-2020), que no lograron consolidarse en el largo plazo ni abarcar a todas las especies.
Herrera también cuestionó la actual gestión gubernamental, a la que calificó como débil en términos institucionales. Señaló que no existe una estructura sólida capaz de implementar políticas ganaderas, lo que se traduce en la ausencia total de programas activos.
“No hay apoyo en forraje, agua ni mejoramiento genético. El productor está completamente abandonado”, afirmó.

Actualmente, Bolivia cuenta con más de 3 millones de camélidos y alrededor de 80 mil familias dependen directamente de esta actividad. El sector genera carne, fibra, cuero y derivados, además de tener una creciente demanda internacional, especialmente en textiles de alpaca.
No obstante, enfrenta desafíos estructurales como el cambio climático, la baja industrialización, el limitado acceso a mercados y la falta de asistencia técnica sostenida. Aunque existen esfuerzos por impulsar la industrialización, como la planta de procesamiento en Oruro, estos aún resultan insuficientes frente a la magnitud de los problemas.
Para Herrera, la solución pasa por una intervención integral que articule inversión en agua, forraje, genética y capacitación, bajo una visión técnica y de largo plazo. “No se trata de programas aislados, sino de una política estructural que entienda la complejidad del sistema productivo y su relación con el entorno”, concluyó.
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