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Opinión

Trump, América Latina y Estados Unidos

26 de Noviembre, 2025
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Desde hace más de mes y medio, al gobierno de Estados Unidos (EEUU) se le ha ocurrido desplegar fuerzas militares en el Caribe, para atacar ocasionalmente, una que otra lancha sospechosa de transportar drogas. Este absurdo tiene un costo diario de 50 millones de $us. Los ya billionarios gastos acumulados por esta teatralización agravan la crisis económica interna, en el país del norte. El despropósito retrata la pérdida de horizonte, de la política de relacionamiento con Latinoamérica, por parte de la administración republicana de Donald Trump y confirma la irremediable decadencia internacional, de la otrora primera potencia mundial. 

Dicho de otra manera; la política de relacionamiento con Latinoamérica que impulsa el gobierno de Trump no es sino la expresión del debilitamiento internacional en el que se encuentra EEUU, agudizado por la política inmadura y sin claridad de objetivos realizables a corto y mediano plazo. Trump representa la enceguecida respuesta al declive mundial norteamericano, dada desde el flanco más conservador, autoritario y supremacista de esa sociedad. Este enceguecimiento ha llevado a los republicanos a ignorar los signos nacionales, con los que hoy por hoy se manifiestan los países latinoamericanos, más allá de todo color ideológico. Por último, la política de Trump supone un cambio en la historia de política exterior y es indicativa de la incapacidad de EEUU, para adaptarse a la nueva configuración del escenario mundial. 

Por ello -en lo que nos interesa-, apuntemos que los objetivos de la política de Trump hacia América Latina encuentran su limitación en el propio contenido autoritario del diseño. Estos límites se afincan en dos motivaciones y una causa. La primera motivación se halla en el principio de “castigo y recompensa”; principio sobre el cual la Casa Blanca ha construido su propuesta. Por un lado, militariza el Caribe, amenaza a México y Colombia y por otro, al mismo tiempo, apoya a Milei en la Argentina, con declaraciones altisonantes. La otra motivación le viene dictada por la urgencia de conseguir una fuente que le garantice recursos, a fin de afrontar la crisis económica doméstica. La causa, finalmente, se encuentra en el deseo de Washington de volcar la rueda de la historia y retornar al sitial de primera potencia en el mundo.

Consiguientemente, estos objetivos pueden agruparse en dos espacios; el interno y el externo. Ambos convergen, sin embargo, en la aspiración de consolidar, además, a la racista élite supremacista. Pero, para volver a situarse en la cima de las potencias mundiales, hoy debe superar al menos dos escollos manifiestamente significativos y otro latente: la guerra rusa – ucraniana en Europa y la inestabilidad en ese polvorín llamado Medio Oriente. Por último, el escollo latente viene del constante y omnipresente acecho chino. Superar el primer escollo significa, en la infantil mente de Trump, acordar un cambalache con Rusia: “Te doy Ucrania y tu me das Venezuela”. Este es el despropósito de Donald, disimuladamente transmitido en su “plan de paz”, para Ucrania. Alguien puede disponer de algo que posee y EEUU hoy no posee ningún país de Suramérica. Todo lo contrario, como lo demostró el referéndum en Ecuador, el pasado domingo 15, al rechazar la instalación de bases militares extranjeras (léase, norteamericanas, para el caso) en su territorio. 

Hacerse de América Latina y disponer de sus recursos naturales, como válvula que inyecte energía a la anémica economía interna norteamericana es la ingenua aspiración de aquel gobierno. El proyecto es no solamente harto complejo, sino muy difícil de llevarse a la práctica. Incluso en países administrados por gobiernos, desesperadamente serviles a Trump, como la Argentina, resulta poco viable. 

Más allá de las diferencias de los países del continente, es posible encontrar un elemento común en este mosaico. Nos referimos al carácter nacional, que deja traslucirse en la postura política de cada país receptor del discurso de la administración Trump. Esta postura se manifiesta, incluso en condiciones que obligan a sobrepasar a conducciones gubernamentales, hoy abiertamente dóciles a EEUU. Esta situación resulta así, porque es la sociedad la que impone y obliga a sus gobiernos, a adoptar políticas mínimamente nacionales. 

La base de esta respuesta se nutre de múltiples fuentes: en unos casos es el sentido pragmático el que la alimenta; en otros la fuente es histórica y hasta encontramos ciertos casos asentados en motivos ideológicos (aunque no muy frecuentes, en estos tiempos). En conjunto, sin embargo, las diferentes motivaciones convergen en un torrente de carácter nacional. Ello quiere decir que en la pulsión nacional se aglutinan mayoritariamente, distintas clases y sectores sociales. 

Lo cierto es que la actual política de relacionamiento con América Latina impulsado por Trump supone un cambio notable con respecto a la tradición histórica (cambio negativo, visto desde el norte), de su política exterior. En este orden podemos pensar que el cambio anuncia el derrumbe del paradigma norteamericano. Es también verdad que esa tradición se alimentó de invasiones, conspiraciones abiertas y sujeciones por diversos medios a los países latinoamericanos. Es también cierto que lo frecuente era contar con gobiernos títeres en la región; pero hoy la modificación se debe al debilitamiento del propio sistema de dominación estadounidense. 

En este orden, resulta claro que los cambios expresan, visto desde el sur de nuestro hemisferio, la caída de un liderazgo mundial. Ante la incapacidad de EEUU de adaptarse a los nuevos vientos en todos los terrenos (económico, industrial, comercial, político) y el adormecimiento del establishment político (demócrata y republicano), la ciudadanía de ese país optó por un outsider, disfuncional y sin proyecto político global, en medio de un mundo globalizado y muy complejo. La desesperación nunca ha sido una buena consejera, así como tampoco lo es la sólo apelación al recuerdo de una tradición, cuyos valores han sido modificados por el cambio de era. Vivimos en los umbrales de un nuevo tiempo y la adaptación supone que también las tradiciones, el pasado, para no perder su vitalidad como luz orientadora en la nebulosa del cambio, se recreen en estos nuevos tiempos. 

En resumen; la política internacional de EEUU bajo Trump es propia de una banana country y no de la que marca la historia de la política internacional de ese país. Sin liderazgo en ningún campo, grandemente por errores políticos de una administración inmadura, EEUU ya no es referencia para ninguna política internacional seria. Por tanto, puede afirmarse que ha perdido una cadena de batallas políticas internacionales y ganar la guerra (dicho metafóricamente) del reordenamiento global, se torna imposible. En este proceso de caída libre, la pintoresca nota viene de la mano de Trump y su gobierno, cuyas incoherencias y falta de estrategia política consistente, han devaluado, hasta la burla callejera, la palabra del presidente de los EEUU. 

El autor es sociólogo y escritor