Leer el atentado a Donald Trump, el 25 de abril pasado, a la luz de los supuestos de la democracia en los Estados Unidos (EEUU), ayuda a superar la anécdota, relacionarla con la serie de síntomas en la historia democrática de ese país y descubrir las razones que permiten hablar del debilitamiento de su democracia. Es verdad que otros intentos de magnicidio, en el pasado, sacudieron la historia política de EEUU. Por ello, corresponde indagar por las razones por las cuales, hasta ahora, esos síntomas no han evolucionado hacia un debilitamiento y sí pudiera hacerlo, la actual situación que referimos.
Por medio del atentado quedó revelada la situación del estado de la democracia en el país del norte. Ese estado muestra las brechas entre la proclama discursiva de la democracia y su apropiación en y por la ciudadanía. Ello es por sí mismo significativo, al tratarse de una sociedad sujeta, habitualmente, a los dictados estatales. Pero no se trata sólo de una sociedad sujeta al control estatal, sino, a la vez, de una que nutre sus certezas democráticas, precisamente en esa sujeción. Desde la teoría del Estado moderno, se diría que ese reconocimiento confirma la fortaleza de la vida política democrática estadounidense. El atentado, sin embargo, desmiente aquella supuesta fuerza y habla de una disonancia entre Estado/sociedad y principios democráticos.
En los supuestos teóricos de la democracia en los EEUU emergen signos del debilitamiento de su eficacia cohesionadora, en la relación entre Estado y sociedad. Recordemos que ese sistema democrático, se sostiene en la elección de presidente y de representantes ante el cuerpo legislativo. Teóricamente, este cuerpo legislativo constituye el primer poder del Estado. A ello debe añadirse, además, el reconocimiento de la independencia de los poderes. El sistema electoral que viabiliza esas elecciones se asienta en los denominados colegios electorales, quienes, según su conformación luego del acto electoral, son los que eligen al presidente; por lo que se trata, en rigor, de una elección indirecta. Recordemos asimismo que, a pesar de la independencia de los poderes, todos tributan a un elemento común, como es la ideología del modelo democrático.
Aclaremos que la relación de las ideologías (por ahora referimos a tres: la ideología de clase, la ideología nacional y la ideología profunda del Estado) refleja el movimiento de las identidades socio-políticas que se presentan, en lo principal, en el ámbito gubernativo. Mientras la ideología de clase (o de fracciones de clase, incluso) puede modificarse con el cambio de un gobierno, luego de cada elección, la ideología nacional permanece. Lo que varía es el prisma de clase, por el que se muestre esa ideología nacional. A la vez, en el ámbito gubernamental, la ideología nacional debe tributar a la ideología profunda, del Estado que administra.
La importancia de esta ideología, junto a la ideología nacional, es muy grande, porque cohesiona a todo el Estado, incluido a los poderes que actúan de manera independiente. En base a la visión nacional y a las certezas que le viene de la ideología profunda, la institucionalidad estatal se encuentra solidificada, como por un pegamento. Esa condición ideológica permite que los principios del sistema republicano de Estado (predominio de la ley, división de poderes y burocracia impersonal, entre lo más destacado) adquieran sentido. En este orden, el predominio de la ley no es sino la garantía para que la ideología nacional, junto a la ideología profunda del Estado, orienten las relaciones al interior de la sociedad y de ésta con el Estado.
El atentado del pasado 25 abril expresa los grados de frustración entre la ciudadanía, por la pasividad de las instituciones del Estado, en particular del sistema de justicia, ante la asociación de criminales sexuales en torno a Jeffrey Epstein. El hecho es indicativo de los extremos de esa frustración, a la luz de la nota escrita del autor del atentado, ya que entre los nombres cercanos a Epstein figuraba el del propio Donald Trump.
La debilidad de la justicia y la fiscalía marca el contexto democrático institucional; pero las raíces de esa debilidad se encuentran mucha antes de la actual administración de Trump. Las denuncias contra Epstein, así como la revelación de informes, testimonios, fotografías, videos, etc., presentadas ante la Fiscalía por algunas víctimas, simplemente no fueron investigadas. En contraste, trabajos periodísticos permitieron no sólo incrementar el número de nuevas revelaciones, sino sirvieron como instancias de mediación entre la ciudadanía y el ámbito estatal, en esta temática puntual. Ello, por sí solo, dejaba en claro que las instituciones democráticas, incluido el Congreso y los partidos (republicano y demócrata), no cumplieron el rol de mediación esperado, en un modelo de Estado democrático representativo.
Los motivos para esa frustración tienen, pues, una base objetiva y el contexto político agudizó la disconformidad existente. Esa disconformidad, además, se alimentaba por hechos tales como el fracaso inicial norteamericano en la guerra contra Irán, la difícil situación de la economía doméstica y el atropello a los derechos civiles ocasionado por la política migratoria del gobierno. El atentado ayudó a remarcar ese malestar, así como las dificultades del sistema democrático, para superarlo.
Aunque los orígenes de este debilitamiento no son recientes, no sería válido afirmar que su irrupción nos hable de un sistema democrático en crisis. En la historia de ese país hubieron varias muestras de una debilidad, como el presentado por el caso Watergate, durante la presidencia de Nixon, por ejemplo. Pero, ni anteriores irrupciones, ni la presente, alcanzan la magnitud de una crisis. Sin embargo, conviene diferenciar la actual experiencia, de las anteriores. Un indicador de estas diferencias está dado por el contexto político interno y externo, y por otro lado, por el contexto económico. En el primer caso, la relativa calma permitió al sistema atemperar el impacto pernicioso, en el pasado, de las irrupciones, por medio de un consenso tácito entre los actores políticos. Esto significa que el sistema democrático tenía la capacidad para absorber y procesar esas irrupciones, gracias al sistema político formado por los partidos demócrata y republicano, coincidentes en torno a la ideología nacional y a la del Estado. En esas condiciones la estabilidad interna actuaba como sustento y garantía para la vida política con ciertos grados de previsibilidad.
No debe olvidarse que todo ello se apoyaba, principalmente, en el excedente económico captado por el Estado, tanto en lo interno, como en lo externo; en este último, dada su condición de país central y capaz de captar el excedente económico mundial, producido por los países que en la división internacional del trabajo cumplían el rol de países “proletarios”. La metamorfosis de ese excedente por y en el Estado, permitió en el pasado superar episodios democráticos críticos y mantener la ficción de la independencia relativa del Estado (respecto a las clases), o sea, la división de poderes.
La notoria descomposición de la situación económica, así como el debilitamiento del sistema democrático auguran hoy una perspectiva poco optimista para que la actual irrupción sea superada, como en experiencias del pasado. Al contrario, todo parece indicar que esta experiencia dejará verdaderas semillas de debilitamiento, que evolucionarán hasta formar parte de la nueva democracia en EEUU.
El autor es sociólogo y escritor