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Opinión

La estrategia de Trump, en la disputa global

29 de Enero, 2026
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Al parecer, el presidente de Estados Unidos (EEUU), Donald Trump, ha aprendido tanto de sus aliados, como de sus adversarios. De Netanyahu, por ejemplo, aprendió que la mejor táctica para burlar los problemas legales y políticos internos, es huir hacia adelante, utilizando para ello la política exterior. De Maduro aprendió a ignorar las elecciones, por lo que pidió sean suspendidas las elecciones de medio término previstas para fin de año y de Putin aprendió a ignorar al Poder Judicial y las resoluciones que éste pudiera emitir. 

Con todo, la administración de Trump ha dado muestras de diseñar una estrategia capaz de debilitar el universo de aliados de sus principales adversarios: China y Rusia. Lo llamativo es que esta estrategia, hasta ahora, ha funcionado en base a endebles argumentos e iracundas amenazas. En palabras del desaparecido escritor boliviano, Víctor Hugo Viscarra (una suerte de Bukovski andino), todo se reduce a “laburar el susto”; o sea a la intimidación. 

En la actual fase del proceso de disputa por la orientación del reordenamiento global, la detención del narco-dictador venezolano, Nicolás Maduro, representó en alguna medida una acción distractiva, dentro del gran tablero global. Es cierto que la jugada de la Casa Blanca, además, tuvo la ventaja de servir de advertencia a adversarios. Más allá del rol de peón cumplido por Maduro en la disputa global, tras ambas consideraciones (la disputa y la detención), se esconde una estrategia clara por su simplicidad. Para rastrear en ella algunos indicadores es conveniente observar ambas consideraciones por separado. 

Motivado por los compromisos adquiridos con los sectores oligárquicos norteamericanos más reaccionarios y supremacistas que le ayudaron a llegar al gobierno, la política exterior de Trump no se cansa de arremeter en contra de la diplomacia y el derecho internacional. Esta arremetida revela que el soporte con el que Trump cuenta no se limita a la oligarquía local. Por intermedio de ésta, se amplía a todos los grupos de poder a nivel global, tan reaccionarios y propensos al autoritarismo como el presidente de EEUU. Estos grupos, representativos de capitales principalmente provenientes del petróleo y moviendo, cual títeres, a jerarcas del fútbol mundial, han tenido la desfachatez de distinguir a Trump como hombre de “paz”, aprovechando un evento de la FIFA. No se trató de ninguna novedad, ya que similar torpe instrumentalización política del deporte hizo en su momento Hitler. 

En lo inmediato, la urgencia de Donald Trump le llevó a mostrar ante la prensa victorias más aparentes que decisivas. Pero precisamente ese accionar revela la estrategia de los grupos antidemocráticos y reaccionarios a nivel mundial, en la disputa global. 

En principio, la exhibición de la victoria que supuso la detención de Maduro tiene, para los principales Estados actores involucrados, distintos impactos, tanto en sus políticas internas como en sus políticas externas. Sin embargo, lo que estos impactos no logran modificar y marcan un común denominador en todos los actores, es que en lo militar cada quien se encuentra en las fases finales del alistamiento. En concordancia con ello, todos se adecúan a economías de guerra. Estas son las primeras consecuencias de las agresivas iniciativas a nivel global, por parte de los sectores encabezados por la oligarquía estadounidense, bajo la batuta de Trump. Estas consecuencias se complementan con el despunte de rasgos claramente dictatoriales, en lo interno, por parte del gobierno de EEUU. 

Al atropello a los derechos de la ciudadanía, se suma la arremetida en contra de las instituciones democráticas, como el Congreso -calificado por Trump como un recinto de soplones-, al Poder Judicial, cuyas esporádicas proclamas acerca del predominio de la ley parecen tener sin cuidado a la Casa Blanca. Sin embargo de ello, es precisamente la situación doméstica la que constituye el eslabón más débil del proyecto republicano en curso. En consecuencia, también en este campo, para “adelantarse” a los hechos, la administración lanza la propuesta de suspender las elecciones parlamentarias de medio término. 

Para que las aguas no lleguen a desbordarse, esta administración cuenta a su favor con una endeble oposición política, monopolizada por el partido demócrata y dentro de éste, por su ala conservador representado en el establishment demócrata. Tal es así que las masivas protestas callejeras en diversas ciudades no hacen mayor mella al gobierno y su giro político antidemocrático que imprime al país del norte. Lo que decimos es que la lógica criminal de Trump y sus allegados (algo que salió, aún para los más incrédulos, a la luz a propósito de los juicios legales que se ventilan en estrados judiciales), relega a la lógica política democrática hasta tornarla en algo decorativo. 

La detención de Maduro y su reclusión en una cárcel de Nueva York, a principios de año, representó, en lo principal, una demostración de fuerza. Al gobierno norteamericano le permitió, al mismo tiempo, exhibir una victoria internacional y ocasionar en los Estados rivales, un leve percance. En el plano mundial, esa detención tiene distintos significados, de acuerdo al impacto causado en los diversos Estados; sin ignorar la importancia geopolítica que EEUU pueda asignarla. 

Además de la demostración de fuerza, la captura de Maduro supuso el cuestionamiento a la validez de la influencia de China y Rusia en la zona. Debido a ello, para estos dos últimos países, la pérdida de un gobernante aliado en el Caribe, tensionó aún más el estado de alerta en Rusia y China. Para un tercer actor, adversario de EEUU, como Irán, el hecho significó una señal de advertencia, mientras que para el país víctima (Venezuela), fue un verdadero sismo. Este último hecho, sin embargo, no debe entenderse como el potenciamiento mecánico de la oposición, encabezada por Corina Machado, porque entre sismo y potenciamiento median los intereses particulares del gobierno norteamericano, junto a otros intereses. Así, en la nueva situación política creada en Venezuela, median las políticas de reacomodo a las exigencias de Washington, de la presidenta interina venezolana, Delcy Rodríguez. Incluso en este último movimiento hay que tener en cuenta, como otra mediación, la correlación interna de fuerzas entre la fracción de Rodríguez y la de Gustavo Cabello, ministro de Defensa y hombre fuerte del régimen ya durante el gobierno de Nicolás Maduro. 

El impacto global por la detención de Maduro, aunque con variados grados de expectativa entre los principales actores, tuvo la virtud de unificar criterios: todos están interesados en ganar tiempo, debido a la certeza de que se encuentran en una disputa (el nuevo orden global) de largo aliento. Pero la detención, como hecho dentro de esa disputa, ha tensionado el ambiente, provocando efectos no previstos. Desde ya, a nivel mundial, ha ratificado la inutilidad del sistema de Naciones Unidas y aunque pueda pensarse sobre este particular que sólo se trata de una raya más al tigre, desnuda ante los ojos de la opinión pública mundial aquella inutilidad. A la vez, aclara las razones por las que el enredo del sistema de gobernanza global permite atropellos y burlotes de todo calibre. Gracias a ese enredo, el dictador ruso, Vladimir Puntin, acusado por crímenes de lesa humanidad por la Corte Internacional de Justicia (CIJ) cometidos tras su invasión a Ucrania, puede permitirse, junto al presidente Lula de Brasil, convocar a que se respete el derecho internacional (¡?). 

Por su parte, Trump y los grupos oligárquicos guerreristas, continúan desarrollando de manera sostenida su estrategia. La persistencia en esa estrategia no significa que se trate de un proyecto realista y viable. Sin embargo, hay que reconocer, que en su política externa le ha servida para retomar, aun sea a tropezones, la iniciativa en América Latina; o sea, en su zona “natural” de influencia. Pero en lo interno, esa estrategia no le ha servida siquiera para frenar la caída libre, en la que se encuentran los niveles de aceptación a su gestión. Precisamente este hecho acentúa el carácter distraccionista de la detención de Maduro. Por otro lado, muestra la inutilidad de la estrategia de “huir hacia adelante”. La ciudadanía norteamericana no se ha visto inundada por un sentimiento chauvinista, como para cerrar filas en torno al gobierno y tolerar el cercenamiento de sus derechos. Al contrario, la oposición a Trump continúa alimentando las protestas callejeras, así como el aumento de la convicción, en el Congreso, de censurar y eventualmente revocar al presidente. 

Con todo, una visión republicana optimista concluiría, en primer término, que las victorias logradas han debilitado a los Estados adversarios, al reducir su grado de influencia en la región. Además, podrían argüir, que ello se ha logrado sin la necesidad de llegar al enfrentamiento bélico con dichos Estados. A la Casa Blanca le bastó la presión sobre Venezuela, para desplazar a Maduro del gobierno y con ello, obligar al régimen a girar hacia una política más acorde con las exigencias de Washington. En concreto, sin embargo, lo que ha logrado EEUU es abrir apenas un período híbrido, en el que los mismos actores del chavismo, que han sobrevivido a la presión, son los encargados en desandar el camino recorrido durante las últimas dos décadas y media. 

La hibridez, visto desde el plano global, apenas ha servido para que todos los actores involucrados en la disputa, ganen algo de tiempo. Tiempo para alcanzar mayores desarrollos tecnológicos en sus industrias militares; para mejorar la preparación de la tropa, para perfeccionar planes militares, para afianzar acuerdos político-militares y, claro, para desgastar al adversario. Para el gobierno norteamericano, el tiempo ganado y aplicado a la política interna, no tiene sino como razón de ser la huida hacia adelante, llevándose consigo a las instituciones democráticas, así como una buena porción del ejercicio ciudadano de sus derechos. 

El autor es sociólogo y escritor