Lo último que a Donald Trump le importa, para incendiar el Caribe, es que Nicolás Maduro encabeza un gobierno del crimen organizado, en Venezuela y que haya burlado el triunfo electoral de la oposición democrática en ese país. Una primera mirada que se pretende más profunda, cree descubrir en los recursos naturales no renovables (principalmente el petróleo y los minerales raros) el motivo para que Trump quiera derrocar a Madura. Pero esa mirada resulta insuficiente para explicar la obsesión bélica, venida de todos lados, que hoy ronda el Caribe. El premio mayor que esconde esta zona, incorporada a los aires belicistas, no son los recursos naturales venezolanos, sino lo que se encuentra más allá de ellos; es decir algo que ayudaría a la Casa Blanca a inclinar en favor suyo, el diseño del nuevo orden mundial.
El proyecto de alcance global de Trump es impulsado por una visión nacionalista y supremacista (en lo interno) y tiene pendiente, en lo inmediato, la resolución de la “cuestión de Venezuela”, en lo externo. Debe hacerlo, en medio de un escenario mundial complejo, debido a que este escenario se acerca a una conflagración general. Los actores -Trump, el escenario mundial y también Venezuela-, traen consigo mucho más que una disputa global de coyuntura; encierran, junto a ella, una perspectiva histórica de lago plazo. En este sentido, en concreto, lo que se encuentra en disputa no es únicamente un nuevo orden mundial, sino, consiguientemente, un sistema de gobernanza global apropiado a dicho orden. Pensamos en un proyecto mundial, por al menos el próximo siglo. Aunque para respaldar esta hipótesis no puede obviarse cuestiones tales como la expansión del capital o el desarrollo tecnológico ocasionado por esa expansión, no las abordaremos, pero sí las asumimos como supuestos presentes en la temática.
Las expectativas de Trump, con respecto a Venezuela, se encuentran en la visión nacionalista y supremacista adelantada. La resolución de la cuestión venezolana, además de implicar el hacerse de un botín llamado petróleo y minerales raros, supone recuperar el pleno dominio político en la región. Ello urge para, a corto plazo, aliviar la crisis económica interna y, lo principal, robustecer su economía de guerra.
La manera en que hoy se manifiesta esa expectativa, es el cerco militar a Venezuela, en la perspectiva final de sus recursos naturales, por medio de la fuerza y el engaño. Estas artimañas se encuentran en la mentalidad de Trump; ya lo hizo en el pasado, aunque no en el ámbito público internacional. Al menos en dos ocasiones -según se sabe- logró salir de situaciones de quiebra privada. ¿Por qué tendría que dejar a un lado ese hábito? Más aún si su narrativa puede aprovechar que Venezuela es gobernada por un equipo delincuencial, ampliamente repudiado por su población. En este sentido, la resolución de la confrontación con la narco-dictadura venezolana sólo forma, para el proyecto general, una parte de los requisitos demandados por finalidades mayores.
Hablamos de finalidades correspondientes al escenario mundial. La múltiple importancia que este escenario tiene se debe, por supuesto, a que en él se dilucidan las pugnas por el nuevo orden global. Ese haz de consideraciones se condensa en el Caribe. A este sub-escenario concurren todos los actores, luego de haber puesto en juego las cartas de sus propios proyectos: Estados Unidos (EEUU), Rusia, China, Irán, principalmente; Venezuela, por sí sola, apenas llega a jugar el papel de comodín. Por otra parte, los principales jugadores pueden agruparse en dos bloques. Por un lado, EEUU (y Occidente) y por otro, una suerte de agrupación anti-occidental, compuesta por Rusia, China, Irán, Venezuela.
La importancia de este último bloque se expresa en una postura política contraria a la intervención norteamericana y en defensa del gobierno venezolano. Los acuerdos comerciales y las asistencias militares, son las formas en las que se concretizan esa postura. Por ello, el conflicto que asoma en Venezuela debe considerarse sólo como una partida en el tablero global. En este orden, las consideraciones respecto a la crisis en el Caribe no son ajenas a las guerras en curso, tanto en Europa como en el Medio Oriente (asumiendo que todavía quedan muchas brasas en esta región).
Así las cosas, la creciente tensión en el Caribe no hace sino ampliar la disputa global a un nuevo escenario y frente al territorio de uno de los jugadores centrales: EEUU. Esta ampliación condiciona el accionar tanto de Trump como de Venezuela. En ello, lo que importa es la “articulación” de la cuestión de Venezuela, a la estrategia de cada actor global. Esto significa que, curiosamente, visto desde este lado del mundo, no es Venezuela la que define sus acciones en el curso de los sucesos, sino lo hacen los otros actores, en función de sus propios requerimientos estratégicos.
En esta disputa global a Venezuela le está reservada el papel de punta de lanza del bloque de Estados totalitarios. Este hecho supone el reconocimiento que por sí solo, el gobierno de Maduro no tiene capacidad para intentar iniciativa alguna. ¿Cómo podría? Con una sociedad mayoritariamente adversa, con instituciones estatales mantenidas a fuerza de la corrupción, la prebenda y el cohecho y, para colmo de males, habiendo dejado de ser dueño del petróleo (ya que los múltiples acuerdos comerciales con China la han despojado, en los hechos, de este recurso), Caracas se contenta con el papel subalterno, que le han señalado sus aliados.
A su favor, sin embargo, tiene dos factores. En lo interno, una oposición política incapaz de haber podido canalizar no únicamente el último triunfo electoral sino, principalmente, de dotar de sentido al abrumador respaldo social que despertó y conducirlo, a fin de provocar el descoyuntamiento del Estado y la consiguiente crisis nacional-estatal. Estaba a un soplo de haber podido lograrlo, pero la falta de experiencia en estas lides y la conducción política timorata (además que una línea política tal, simplemente no se encuentra en los códigos de esa oposición), permitieron que Maduro vaciara de contenido socio-político aquel triunfo electoral. La oposición, ahora, tiene al menos el consuelo de una baratija llamada premio Nóbel de la paz; baratija a la luz de la dimensión del fenómeno social provocado y la profundidad consiguiente de la derrota. Decir que se lo hizo para evitar un baño de sangre es un absurdo; mucho más si acto seguido se llama a la intervención militar extranjera que ocasionará un mayor baño. Hay que decir que si una sociedad no es capaz de liberarse de la tiranía que la oprime, nadie puede hacerlo a su nombre, porque nadie libera a nadie por encargo.
En el plano externo el gobierno de Maduro tiene a su favor la imprevisible -por inmadura- conducción, que Trump imprime a su política exterior desde la Casa Blanca. Esas características de la actual administración ultranacionalista y supremacista republicana norteamericana, tiene como “logros”, endebles intentos de paz, tanto en Europa como en el Medio Oriente. Está claro que EEUU ha retrocedido en todos los planos a nivel internacional; por lo que no sería extraño que lo hiciera también en esta ocasión.
El incierto cuadro que se presenta en el Caribe es la versión local, en nuestro hemisferio, de una errática “conducción” política internacional del gobierno de Trump. Es válido pensar, por tanto, que todo puede pasar. Pero, en ese “todo”, aunque están comprendidos los actores de la disputa global, no lo está la sociedad venezolana; único actor que debería importar. En la actual partida, sin embargo, este actor simplemente no entra al juego y debe contentarse a ser tomado en cuenta, a lo sumo, como el último de los peones del tablero.
El autor es sociólogo y escritor