La Paz, 2 de junio de 2026 (AND).- El cambio climático dejó de ser una preocupación exclusivamente ambiental para convertirse en uno de los mayores desafíos de salud pública del siglo XXI. El aumento sostenido de las temperaturas, las lluvias irregulares, las olas de calor y la contaminación del aire están modificando el comportamiento de enfermedades infecciosas y agravando patologías respiratorias, cardiovasculares y mentales en distintas regiones del mundo.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que entre 2030 y 2050 el calentamiento global podría causar alrededor de 250.000 muertes adicionales por año debido a desnutrición, malaria, diarreas y estrés térmico. A esto se suma la expansión de enfermedades transmitidas por vectores, como dengue, zika y chikungunya, favorecidas por climas más cálidos y húmedos.
Fernando Siles, docente de la carrera de Medicina de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), explica que las temporadas de lluvias generan condiciones ideales para la proliferación de enfermedades infecciosas.
“En Cochabamba, es común la aparición de enfermedades respiratorias, como resfriados y gripes, debido al aumento de la humedad. También se pueden presentar enfermedades transmitidas por mosquitos, como el dengue y la malaria, debido a la proliferación de estos insectos en los criaderos de agua estancada”, señala el médico.
Las altas temperaturas y las precipitaciones intensas favorecen la reproducción del mosquito Aedes aegypti, transmisor del dengue, zika y chikungunya. Lo preocupante es que el insecto comenzó a adaptarse a zonas donde antes no sobrevivía.
“En los últimos años se ha visto que el mosquito se ha adaptado a nuevas áreas geográficas; si bien no son casos superlativos es un cambio que debe llamar la atención”, advierte el médico Froilan Mamani Ch., también docente de Unifranz.
Según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), América Latina atraviesa uno de los períodos más complejos respecto a enfermedades vectoriales debido a la combinación entre cambio climático, urbanización acelerada y movilidad humana. Las temperaturas más elevadas permiten que los mosquitos amplíen su rango geográfico y permanezcan activos durante más meses del año.
Hasta hace una década, la presencia del Aedes aegypti por encima de los 2.550 metros sobre el nivel del mar era considerada poco probable. Hoy, ciudades y regiones que antes estaban fuera de riesgo comienzan a registrar casos.
“Durante la temporada de lluvias aumentan los casos de ciertas enfermedades, las más relevantes son el dengue, el zika y la chikungunya. Esto se debe a que por la humedad y las aguas estancadas hay una proliferación de mosquitos”, explica Mamani.
El dengue continúa siendo una de las enfermedades más peligrosas. La OMS estima que cada año se producen entre 100 y 400 millones de infecciones en el mundo. En casos graves, el virus puede provocar hemorragias, shock y muerte en pocas horas si no se recibe atención médica oportuna.
Pero el impacto climático sobre la salud no se limita a las enfermedades infecciosas. Las olas de calor también incrementan el riesgo de golpes de calor, deshidratación y complicaciones cardiovasculares, especialmente en adultos mayores y personas con enfermedades crónicas. El informe The Lancet Countdown alertó que la exposición prolongada al calor extremo se ha convertido en una amenaza creciente para las ciudades debido al efecto de “isla de calor urbana”, provocado por la acumulación de cemento y la falta de áreas verdes.
La contaminación atmosférica es otro factor crítico. La OMS calcula que alrededor de siete millones de personas mueren cada año por enfermedades asociadas al aire contaminado. Los incendios forestales, cada vez más frecuentes e intensos por las sequías y temperaturas extremas, agravan las afecciones respiratorias y cardiovasculares.
Además, especialistas comienzan a advertir sobre el impacto psicológico de la crisis climática. Fenómenos como incendios, inundaciones o sequías generan ansiedad, estrés y una creciente sensación de incertidumbre, especialmente entre jóvenes. La denominada “ecoansiedad” ya es reconocida como una respuesta emocional vinculada al temor por el deterioro ambiental.
Frente a este escenario, la prevención aparece como la principal herramienta para reducir riesgos. Siles insiste en la importancia de adoptar medidas cotidianas de protección sanitaria y control de vectores.
“Estas enfermedades pueden aumentar durante la temporada de lluvias debido a la proliferación de mosquitos en los criaderos de agua estancada”, puntualiza el académico.
Eliminar recipientes con agua acumulada, utilizar repelentes, fortalecer la vigilancia epidemiológica, ampliar campañas de vacunación y mejorar la infraestructura sanitaria son algunas de las acciones recomendadas por organismos internacionales y expertos.
El cambio climático ya no es una amenaza futura. Sus efectos sobre la salud humana son visibles en hospitales, barrios y comunidades de todo el mundo. La gran pregunta ya no es si impactará en la salud pública, sino cuán preparados estarán los sistemas sanitarios y las sociedades para enfrentar una crisis que avanza con cada grado de temperatura que aumenta.
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