El 24 de julio de 2005, día del natalicio de Simón Bolívar, nació en Caracas la Televisión del Sur (teleSUR) con la misión de “liderar y promover los procesos de unión de los pueblos del SUR” y ser “un espacio y una voz para la construcción de un nuevo orden comunicacional”, bajo patrocinio del gobierno de Hugo Chávez.
Veintiún años después, en una América Latina fragmentada y altamente polarizada, así como en un mundo en el que la dominación mediático-informativa del Norte se ha hipertecnologizado, complejizado y potenciado, no resulta fácil sostener que aquellas metas de integración y democracia noticiosa hubiesen fructificado, menos aún si esa televisora con pretensiones multiestatales se convirtió muy tempranamente en un mecanismo de propaganda unilateral compulsiva en favor del llamado “socialismo del siglo XXI”.
Ya en la década de 1970, en los países con pasado colonial que conformaban el denominado Tercer Mundo y que declaraban públicamente su distanciamiento ideológico de los bloques capitalista y socialista, fue puesto en cuestión el control de los flujos noticiosos internacionales por los Estados Unidos de Norteamérica y algunas naciones europeas occidentales, las potencias de la época.
Por ese tiempo, la crítica tercermundista se enfocó en el papel no solo oligopólico de las grandes agencias informativas, que imponían una visión homogénea y sesgada de los acontecimientos, sino en la manera poco rigurosa, despectiva y aun alarmista con que trataban sus contenidos relativos a las naciones del sur del planeta.
Un antecedente relevante de la reacción frente a esa marginalidad, discriminación y distorsión en las noticias internacionales había sido la creación de la agencia cubana Prensa Latina en junio de 1959, a seis meses de la instalación del gobierno de Fidel Castro, quien en aquella oportunidad manifestó, para el caso de Latinoamérica, que se requería medios propios de información en pro de que la región dejara de seguir siendo “víctima de la mentira”.
Esa más o menos fue la línea que también marcó, en 1975, la conformación de una asociación (“pool”) de agencias de noticias del Movimiento de Países No Alineados (NOAL, los tercermundistas) para posibilitar el intercambio noticioso sur-sur con la participación central de varias agencias informativas gubernamentales. Y de modo semejante fue esa tónica la que en 1976 dio lugar a la propuesta sobre el Nuevo Orden Informativo Internacional con la cual los NOAL alborotaron las hasta entonces tranquilas aguas de la UNESCO. Este organismo de las Naciones Unidas recogió el debate al respecto y lo tradujo en 1980 en el planteamiento de un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación, que acabó neutralizando la inicial demanda sureña.
Pero América Latina, impulsora protagónica del deseado Nuevo Orden con sus experiencias e ideas en torno a comunicación popular, comunicación horizontal, políticas nacionales de comunicación, derecho a la comunicación y comunicación para el desarrollo democrático –todas muy bien representadas, entre otros, por la obra del boliviano Luis Ramiro Beltrán Salmón–, continuó con su labor reivindicatoria.
Así, además de que el mismo Beltrán formulara los trazos generales para una “comunicología de liberación” y diseñara un detallado plan para la constitución del Instituto Nacional de Comunicación para el Desarrollo en Bolivia (descartado por la dictadura de Hugo Banzer), fue en el seno del Sistema Económico Latinoamericano que en 1983 se determinó crear la Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información, con base en las agencias nacionales existentes –Bolivia creó Bolpress a ese efecto–, en constatación de que era “una necesidad perentoria el dotarse de un instrumento informativo y noticioso propio, que coadyuve significativamente a los esfuerzos de desarrollo autónomo y soberano de los pueblos y los Estados de América Latina y el Caribe”.
Ese intento, que adoptó la definición crítica de la noticia como servicio y no como mercancía, no pudo sostenerse en el tiempo y terminó por desaparecer. Transcurrieron, entonces, dos décadas más y ahí emergió teleSUR, para supuestamente llenar ese vacío, pero en realidad como parte fundamental de la estrategia del chavismo dirigida a “La construcción de un nuevo modelo comunicacional para contrarrestar efectivamente la feroz campaña mediática emprendida contra el Proceso Bolivariano en Venezuela y en el resto del mundo”.
De origen, por tanto, esta televisora apoyada por los regímenes de izquierda o “progresistas” de Cuba, Uruguay y Nicaragua, como poco más tarde por los de Bolivia, Argentina y Ecuador, se inscribió de lleno en la concepción de la “lucha ideológica” que reduce la realidad noticiosa mediante la lógica binaria de “buenos/verdad vs. malos/mentira”. Y en 2007 el gobierno de Venezuela insertó a teleSUR en su objetivo de conquistar la “hegemonía comunicacional”, es decir, de “ganar la batalla de las ideas en las mentes y corazones”, como afirmó Andrés Izarra, su ministro de Información y Comunicación, que presidió asimismo esa estación de TV.
Esa forma de entender y manejar las noticias abreva en la fórmula soviética que combinaba agitación con propaganda, trasladada en 1961 a Cuba, cuando la revolución de esta isla se volvió socialista. En este esquema, la información equilibrada y plural cede su lugar tanto a mensajes favorables a las causas que considera propias junto a otros más bien descalificadores si las causas son ajenas, a la vez que adopta prácticas de contrapropaganda y desinformación para enfrentar a todo “enemigo”.
Es claro, empero, que la sustitución de un sesgo por otro no genera pluralismo en la información, como el reemplazo de un autoritarismo por otro no produce democracia.
Y a esa réplica del viejo patrón estalinista, teleSUR suma la excesiva “venezolanización” de sus contenidos, pues ha fungido y funge centralmente como un aparato de relaciones públicas de los gobiernos de Chávez, Nicolás Maduro y hoy de Delcy Rodríguez. Aunque se precia ahora de tener “500 millones de usuarios”, pues contabiliza la población de los territorios a los que tiene la posibilidad técnica de llegar por satélite o digitalmente, su audiencia es limitada aun dentro de la propia Venezuela.
De esa manera, una iniciativa que pretendía realizar los anhelos latinoamericanos de integración informativa e impulso de un Nuevo Orden en la materia se perdió en las tramas de poder del bolivarianismo, con beneficios para nada más pequeños grupos o para algunas personas afines en Argentina, Bolivia, Colombia y España. Por los cambios gubernamentales recientes, Argentina, Uruguay, Ecuador y Bolivia le retiraron su respaldo, equivalente en este último caso al 5% del presupuesto anual.
En consecuencia, una visión maniquea de la realidad noticiosa y una cobertura polarizadora, reflejo de su ocupación y cooptación políticas, han hecho de teleSUR una costosa experiencia fallida, un antimodelo para la información y la comunicación democráticas postuladas en los albores del Nuevo Orden y que persisten como asignaturas pendientes.
El autor es especialista en comunicación y análisis político