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Opinión

¿Por qué Evo Morales sigue primero a pesar de perder un referéndum?

19 de Julio, 2019
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SERGIO GERARDO MANJON CERVANTES

El ambiente se siente, las presiones electorales ya están en ruta, conforme pasa el tiempo la tensión por lo que algunos creen, el ignoto  resultado, va en aumento. Lo acompaña una clara falta de representatividad, un problema que los candidatos no han sabido solucionar. Estamos a tres meses de las elecciones generales, el 22 de Julio comienza el periodo de campaña electoral, conforme al calendario del Órgano Electoral Plurinacional, los partidos presentaron sus listas para las senadurías y diputaciones el 19 de julio, los protocolos se están cumpliendo, entre polémicas y renuncias, lejos de mostrarnos un proceso con madurez democrática en candidatos y electorado, estamos presenciando un circo adjetival con tendencia conspiranoica y, al parecer, con la menor intención de construir voluntad colectiva.

La última encuesta electoral que se tiene data de Mayo, fue realizada por “Tal Cual” para el periódico “La Razón”, probablemente es, hasta ahora, la que mayor grado de confiabilidad tiene, en ella podemos observar que el presidente Evo Morales continúa primero en la intención de voto; su base “dura” parece no tener fluctuaciones. Por otro lado, la oposición continúa dispersa y al parecer, sin horizonte claro: hablando entre ellos únicamente para atacarse. Los sucesos coyunturales que tuvimos entre esa encuesta y hoy parecen no cambiar esta situación más allá de las renuncias, cambios de vocerías, escándalos presupuestarios y acusaciones mixtas de servil funcional al gobierno o chivo expiatorio.

Esta situación nos lleva a realizar una inevitable pregunta: ¿cómo es posible que alguien que perdió un referéndum para buscar la re postulación continúe siendo la primera opción para ganar las elecciones? Este alarmante hecho, lejos de mostrar la gran afinidad que podemos tener de forma subconsciente con las políticas y el modelo económico-social planteado por el gobierno (que sí existe), puede develar algo todavía más interesante: todo lo que pudo llegar a representar el 21F; es decir, la variable universal que pudo constituirlo, entendida como el respeto a los valores constitucionales de no permanencia en el poder de una sola persona, no ha sabido consolidarse (como casi todas manifestaciones anárquicas de la democracia) como una voluntad colectiva. En otras palabras, tal movimiento nunca llegó a capitalizarse o tener traducción en efectos de una reestructuración del sistema político, lo que condujo a una dispersión de dicha voluntad.

En este sentido, el porcentaje de indecisos es otro de los factores a destacar y, contrario a lo que mencionan la mayoría de los analistas, no solo se debe a que sea el sector que definirá el ganador de las siguientes elecciones, ya que en la mayoría de los procesos que se desarrollan en el mundo son los indecisos precisamente quienes terminan decidiendo al ganador; no es que algún candidato no piense en atraerlos: ellos conocen su tarea. Dicho elemento debe servirnos para hacer un análisis distinto, considerando otros filtros además de la importancia electoral que tendrá este sector en el próximo octubre. El hecho que el 21F, un 51,3% de los electores hayan votado en contra de la repostulación y que hoy ningún candidato pueda llegar a juntar una cantidad de votos que sobrepase al Movimiento al Socialismo (MAS), nos muestra que existe un amplio porcentaje que tiene una concepción disímil de Bolivia y que ningún candidato ha sabido leer o captar.

Laclau señala que “si al nivel de las bases sociales de un sistema encontramos sectores marginales con escasa constitución de una voluntad propia, los mecanismos representativos pueden ser, en cierta medida, aquello que permita la constitución de esa voluntad”; en este caso, ningún candidato ha sido capaz de encontrar tales mecanismos representativos para la  "constitución de una voluntad popular o colectiva", que en apariencia tiene contradicciones y matices con el MAS, pero aún más con la oposición actual.

Al no existir una presencia en sí, se deben buscar mecanismos de representación para que en estos espacios se enlace una narración que genere y articule voluntad. El problema es que ningún candidato de la oposición ha podido encontrar variables particulares que puedan terminar construyendo un relato universal y hegemónico, convirtiendo intereses concretos en intereses generales del país; ningún candidato ha sabido generar ese quiebre o conflicto que debe ser condición base de la política misma.

Dicho de otra forma, no hubo antes movilizaciones o demandas particulares de gran relevancia, sólo universales; los líderes de oposición no han sido capaces de encontrarlas o de leer las que probablemente se han gestado en sectores marginales. Esto nos dice que ningún político ha sido capaz de poner verdaderamente en pugna el sistema político que tenemos −como en su tiempo lo hizo Morales−; es por tanto que él logra mantener el ya referido núcleo “duro” de votantes. No se ha podido construir una relación de equivalencias para poder constituir al movimiento social o político necesario; la articulación política de las distintas demandas es lo que constituye al campo popular, del que vergonzosamente no hay rastro alguno en este momento en el sector que se opone a la re postulación.

Lo anteriormente nombrado no debería sorprendernos si tomamos en cuenta algunas perspectivas y encuestas: según "Tal Cual", 6 de cada 10 bolivianos no confían en los políticos. Esta cifra, combinada con el porcentaje de indecisos y la ausencia de verdadero apoyo articulador a los candidatos de oposición, nos muestra que existe un fenómeno de anti-representatividad en nuestro actual contexto; mismo en que, si la gente pretende votar a un candidato, es más por el desagrado al rival que por las ideas del propio. Esto no tiene por qué dejarnos pasmados. No es ningún secreto que los candidatos no logran conectar con el sector sociodemográfico más grande para estas elecciones, la juventud; son incapaces de articular un discurso que genere identidad o se traduzca en voluntad, sobre todo porque no generan nuevos símbolos para crear la urgente narración de un futuro nuevo y distinto.

Ahora bien, ¿por qué ningún político ha sido capaz de generar este relato y plantear un nuevo horizonte que articule estas variables particulares en elementos y símbolos universales? Principalmente, creo que la respuesta radica en dos factores: la nula intromisión de nuevas pugnas acerca de los principios y valores en la sociedad, y la conformidad de la clase política con el núcleo del sistema político, traducida en la búsqueda de espacios de poder en el mismo.

No existe un candidato que sea menor de 45 años, cuando la gran parte del electorado tiene entre 18 y 35. Semejante hecho permite entender por qué en los vagos proyectos de país que se perfilan muchos de los valores generacionales y formas de entender el mundo no están representados. La mayoría de los políticos se encuentra en el espacio político-público por cerca de tres décadas y no parece que cuestionen mucho el sistema; más bien, pretenden volver a formar parte del mismo, exponiendo que, más que valores o principios políticos, tienen intereses de permanencia en un sector del que ya forman parte, pero sin tanto poder. Este sector es la cúpula/clase burócrata-política; los candidatos no conectan con la Bolivia de a pie, más profunda, más plural, más compleja y que no está al frente de sus narices como ellos creen cuando generan microclimas electorales.

Esta anti-representatividad también contribuye a la polarización adjetival discursiva, donde "neoliberal" y "masista" siguen siendo las referencias preferidas a la hora de hablar de política. Es ahí donde también podemos situar ese abismo carente de argumentación para ser representado, que clama por un espacio que nadie ocupa ni sabe traducir; es ahí donde probablemente se juntan las dos causas. Como los candidatos no ponen en cuestión los valores del sistema político en ejecución de políticas concretas, se puede inferir que probablemente no tienen valores y nada más pretenden permanecer en su situación de clase política, o que comparten valores con un sistema que, al parecer y siendo amables, para muchos ya no es suficiente.

Ninguno logra llamar a un sector marginal que carece de verdadera representación, como puede serlo el sector más progresista del país, donde es posible articular distintas demandas particulares de colectivos feministas, LGBTIQ+, ecologistas, animalistas, jóvenes y sus subculturas urbanas. Entre otros tantos con una perspectiva plural, participativa y tolerante de la sociedad, que al mismo tiempo, por inercia, terminaría generando su antítesis. Aquellos que no quieren ese modelo de sociedad, se verían forzados a generar representatividad y ésta daría origen a una nueva etapa política de pugna. El gran problema en este punto es la carencia actual de líderes que sean capaces de jugar con la heterogeneidad social para concebir voluntad colectiva.

El inconveniente más grueso, si no se logra resolver este fenómeno en corto o mediano plazo, se presentará cuando Morales tenga que dejar de ser una figura representativa. Se dará tarde o temprano, porque ya no cumpla con las expectativas y su discurso carezca de vigencia (hoy por hoy está en su último aire) o bien porque decida retirarse. En tal momento existirá un vacío mucho más grande que constituirá una crisis de representación por la falta de un discurso articulador o más peligroso aún, si este pronóstico no se cumple y el presidente logra seguir vigente tendremos una política conformada por la religiosidad hacia Morales.

Es difícil creer que una causa universal (lograr un correcto estado de derecho y respeto a la Constitución) sin un conglomerado de variables particulares unidas, pueda lograr una victoria; más aún porque nuestra democracia no es de las más maduras. La gente tiene intereses particulares que en muchas ocasiones sobrepasan la distinción de clase, género, raza, etnia o afinidad sexual; esto por la fragmentación o dispersión de estas identidades. No obstante, donde siempre existe un hilo articulador que propicia que estas características puedan ir juntas y sin perder su valor, las mismas pueden unirse en un relato donde sus deseos, aspiraciones, sueños y objetivos se vean articulados en un horizonte.

Tenemos que entender de esta forma que si bien a la gente le interesa una causa universal -como lo ha demostrado-, no le importará que se respete por completo mientras sus intereses particulares no vayan siendo afectados y no exista otra figura o narración política que sea capaz de mover esos valores particulares; por este motivo, la necesidad de construir un relato que promueva un cambio y una disconformidad con el sistema político actual es indispensable. Al mismo tiempo, esto debería clarificar la figura de aquellos trasnochados que creen que solo bajo el estandarte de la “indignación” por la ausencia del estado de derecho se construirá una alternativa política real.

Así pues, es hora de construir “la parte de los sin parte”, como diría Ranciaré. Es decir, la gente que está en guerra con el sistema y a la que es necesario llevar a participar y a tener una voz de manera distinta, pasando necesariamente por una construcción política y por los mecanismos representativos donde seamos capaces de tomar a los sectores progresistas de la sociedad.

Podríamos decir que es tiempo de involucrarnos, poner la política en el centro de la vida y hacer de lo personal lo político, pues nadie más lo hará, y aquellos que fingen hacerlo no están ni cerca de la concepción e ilusión que tenemos de una sociedad en el futuro, donde seguramente habrá confrontaciones, más bajo ideales y valores en lugar de adjetivos.

Sin duda, tendremos que ser capaces de ampliar la democracia participativa y las esferas de iniciativa de un pensamiento compartido; de modos de decisión compartida; de focos de autonomía que den poder a cualquiera y donde la presencia popular alternativa con respecto a la confiscación del poder de todos por parte del Estado, o de poderes vinculados a su vez a poderes financieros, tome la consistencia suficiente para así evitar vivir con oligarquías que nos dominen y con pequeños intervalos de manifestaciones populares donde los mismos promotores de ellas, con el tiempo, se vuelvan élites burocráticas en la política como lo vivimos con el MAS.

Para terminar, nos queda como tarea lograr que la gente tenga realmente el poder de decisión y que no sea un mero peón en el juego ajeno, mucho más grande y más hostil, entre los patriarcas del sistema.

Sergio Manjón es estudiante de Ciencias Políticas en la UCB-La Paz

Este espacio de Opinión ha sido creado para promover y dar cabida a jóvenes que comienzan a expresar su pensamiento en Medios de Comunicación ///ANF

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