Maradona me caía mal. Pero su famosa frase, “La pelota no se mancha”, pronunciada en su partido de despedida en La Bombonera allá por 2001, cuyo significado, a modo de defensa personal, se reducía a que “la pasión y la pureza del fútbol no se ensucian por los errores humanos”, le llega al pelo a mi columna, solo que a manera de premisa, pienso, equivocada.
No recuerdo un mundial de fútbol con tantas emociones colaterales como el que acabamos de ver. Ni siquiera el del 86, que viví en carne propia todavía con el dolor por el terremoto, meses antes, en Ciudad de México; y en el que las Malvinas se disputaron por primera vez más allá del Atlántico Sur, en un estadio, el Azteca.
En plena guerra con Irán, Estados Unidos autorizó su participación en la Copa 2026, no obstante, se encargó de que la entrada de la delegación iraní, plagada de restricciones migratorias que los obligaron a fijar su entrenamiento en México, le hiciera desear al plantel que alguno de los misiles iraníes cayera tarde o temprano en Florida o en Wisconsin.
Pese a que la FIFA reprendió expresiones ideológicas, no pudo desafiar a Lumumba Vea, el congoleño que, en homenaje permanente a Patrice Lumumba (ex primer ministro, figura de la independencia de Congo y uno de sus mártires) se mantiene inmóvil, cual estatua, durante los partidos que juega su selección.
Dado que no todo debe ser drama, el ex presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, escribió en una columna de opinión que “la selección de Francia tiene una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”. En tanto no pertenezco a los cancerberos que olfatean el racismo a largas distancias y además carecen de sentido del humor, la afirmación de Rajoy, plagada de sorna, me causó gracia. Todos pensábamos igual que él y hasta el presidente del Parlamento senegalés señaló, antes del partido entre Francia y Senegal, que, ganara quien ganara, sería África venciendo a África...
Lo de Rajoy me dejó pensando, una vez más, que muchas veces el racismo está en el paternalismo de quienes se fijan, por ejemplo, en que esos “no franceses” son descendientes de africanos. La frase del político -algo impostada, pues se podría decir lo mismo de la selección española- apunta a que los franceses no tienen por qué jactarse, pues incluso tratándose de un gran equipo, “no es suyo”.
Hasta ahí, Maradona sigue en su ley; nada de lo anterior alcanza para manchar el balón. Sin embargo, hay inconductas flagrantes en el fútbol que sí lo manchan. Lo vimos precisamente con la selección rioplatense. Un equipo que venía acumulando sospechas injustificadas -pues no se llega a una Final con favores, sino con un juego efectivo-, pero que no pudo con la tentación de meterse al barro.
Siempre pienso que hay dos Argentinas. Como Arturo Pérez-Reverte que, a las horas de la victoria de sus paisanos, se mandó un post en X, mezcla de sal y limón, que echó sin remordimientos sobre la herida: “No seamos injustos, no nos equivoquemos. Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina, que es mejor que eso. Representó solo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”.
La mayor derrota de los argentinos a estas alturas es la animadversión universal y recargada contra ellos. Lo que empezó como una crítica a sus formas futbolísticas -desde la “mano de Dios”, los europeos, que entienden poco del lenguaje latinoamericano de mañas, presumen con razón que solemos transformar las transgresiones en logros épicos- terminó con buena parte del planeta, incluidos latinos, sospechando que lo gaucho no era solamente pasión sino desprecio por el resto.
Este Mundial, en el que los vecinos pasaron de ser latinoamericanos a ser nada más argentinos, se convirtió en una especie de terapia de grupo, a partir de la cual Argentina no solo tendría que aprender a controlar la ira, sino sus delirios de grandeza, que a cualquiera arrastran a estados de vulnerabilidad como el padecido últimamente. En este trance terapéutico de shock ya vemos a muchos superar el estado de negación y comenzar sus videos de reclamo al mundo con un “sí, es verdad que somos arrogantes y agrandados, pero…”.
En un conversatorio con Eduardo Sacheri, un fascinante escritor argentino que, como tal, está hecho de fútbol, le pregunté cuál de estos dos libros (imaginarios) se llevaría a una isla: la Biografía de Maradona escrita por Manuel Puig o la Biografía de Messi narrada por Ricardo Piglia. Mi pregunta acarreaba implícita una cuestión moral, que el autor atrapó de inmediato para definir con gol de oro. Aunque -advirtió alguien del público con acento porteño - la biografía de Messi tendría máximo cinco páginas, esa es la que, me dijo, cargaría Sacheri.
Maradona representa la genialidad, pero también ese fragmento decadente del que se queja Pérez-Reverte; Messi no será genio, mas es humilde, disciplinado y respetuoso (jamás lo veremos haciendo gestos obscenos con un trofeo, ni golpeando a los contrincantes vencedores).
Pero Messi no es suficiente coartada. Ni lo son Borges, Charly, Francella, Les Luthiers, el mendigo en Recoleta que lee el periódico, o el taxista cordobés que habla de filosofía; pues hay una mayoría que no conoce la grandeza gaucha, y que se queda únicamente con los desplantes y quilombos como los recientes. A esta gente le seguirá costando distinguir el sol de la bandera albiceleste; más ahora, que le acaba de caer una pelota de fútbol enlodada.
La autora es abogada