Ir al contenido principal
 

Opinión

MAS: El proceso que pudo y no fue

7 de Noviembre, 2019
Compartir en:
SERGIO GERARDO MANJON CERVANTES
Con los conflictos suscitados en las últimas semanas el Movimiento al Socialismo (MAS) retomó a un discurso de enfrentamiento de polos, pretendiendo simplificar la conflictividad a la que está expuesta el país bajo el viejo discurso del constituyente interno enfrentado al externo. La línea discursiva adoptada denota tres señales transversales entre sí: la incapacidad de crear nuevos relatos; la traición discursiva de sus probables logros de gobierno y; el anacronismo de actores y demandas.

Tocaré los temas mencionados en dos partes:

1.De lo plurinacional a la construcción nacional hegemónica 

La forma discursiva que plantea el gobierno boliviano entra en una falsa lógica dicotómica de exclusión  y/o eliminación del rival. Trata de “minorías” a los sectores protestantes, con el afán de elevar al rol de protector nacional al gobierno, esto lo gesta bajo un mal uso de su autoridad y capacidad de imposición para ubicar en el espectro político a los “aspirantes” a detentar el poder, como también a quienes se manifiestan sin afán de detentarlo. El MAS se resguarda bajo una lógica de construcción nacional de índole nacionalista, con la cual quiere persuadir y convertir en legítimos “dueños” de la condición nacional a quienes se alinean con su hegemonía política y cultural. En esta lógica intenta encontrar la potestad de configuración y acomodación del rival en parámetros propios, que el discurso aún funcione se explica por lo que significó el MAS en sus inicios, como representación de la voluntad popular y las reivindicaciones sociales de diversos grupos que hasta ese momento habían sido mayoritariamente excluidas.

La plurinacionalidad que en un principio propugnaba el MAS, ha sido traicionada bajo una construcción nacional hegemónica y homogenizante, con el propósito de limar las diferencias existentes y fundirlas en un crisol “nacional” en nombre de un solo Estado nación y quienes no entran bajo esta descripción, son catalogados como antipatriotas o rebeldes.

Se están aprovechando los restos del discurso inicial -en su momento valido desde cualquier lógica- del constituyente interno enfrentado al externo, pero en esta ocasión olvidándose que si bien las clases políticas derrotadas se han reconfigurado y buscan recobrar protagonismo, también surgieron nuevos actores sociales y políticos, nuevos imaginarios y nuevas percepciones colectivas. Muchas de ellas están fuera de cualquier delimitación binaria que se usase otrora, más bien existe una fuerte contingencia en ideales generados por el sentido común reproducido por el MAS, resabios de sentimientos de gobiernos anteriores e influencia de los procesos de la globalización. Por lo tanto, calificar a quienes se manifiestan, protestan y denuncian el fraude bajo su antiguo discurso de conformación social, hoy resulta anacrónico.

Éste discurso está siendo manejado para poder legitimar la autoridad moral del partido de gobierno y como estrategia de agitación, con miras a que despierte mayor entusiasmo entre los indecisos y poco convencidos para aceptar el resultado con mayor docilidad. En otras palabras, el factor de la otredad que está usando el gobierno es una forma de presión para la asimilación de un discurso continuista y de distinción del rival como anti patriota, enemigo o forastero mediante el recuerdo de los constituyentes sociales de su primer mandato. El discurso es convincente para muchos porque donde se excluye la otredad resulta complicado desalinearse de la concepción hegemónica.

L a decisión sobre quién conforma o no el sujeto “pueblo”, queda a criterio del partido dominante, esto genera una situación donde muchos sectores están –como diría Geoff Dench- “suspendidos entre la promesa de la completa integración y la amenaza del destierro”, poderes morales que maneja de manera hegemónica y monopólica el MAS. Se utiliza el miedo y la prohibición de elegir entre otras opciones para validar la “única” alternativa nacional popular.

Se puede distinguir la violencia simbólica con la que está cargada el discurso, donde en una larga retorica expresan que la fraternidad a obtener (su entendido de boliviano o pueblo) santifica el fratricidio (con el “ajeno”) como medio aceptado. Incluso podríamos decir que no es solo violencia simbólica, sino textual, cuando el presidente ordena defender la “patria” a sus movimientos sociales, cercar ciudades o defenderse de aquellos que paradójicamente son hermanos nacidos en la misma tierra.

Para eliminar la mediana legitimidad y solidez que aún parece encontrar en su discurso, el oficialismo debe trabajar en apartar el miedo de los grupos que sienten amenazadas las premisas de la “nueva” existencia colectiva -conseguida con la Constitución Política del Estado- de los nuevos imaginarios de construcción política.

Si se trabaja por romper un viejo relato de pertenencia que pasó de ser plurinacional a nacional andino dejando de lado el resto de historias identitarias de los pueblos originarios, se tienen que elaborar nuevos imaginarios para decirnos a nosotros mismos de dónde venimos, hacia donde vamos y quienes somos ahora. Este nuevo relato es –como indica Jeffrey Weeks- indispensable para restaurar la sensación de seguridad y pertenencia perdida, reconstruir la confianza, para posibilitar la interacción significativa con los demás y crear nuevas lealtades y compromisos en cualquier proceso político.

Estamos en un momento donde el relato del MAS está en terapia intensiva, en gran medida porque el pasó a ser una nomenclatura de poder, en lugar de representante de voluntad popular, pero también porque es algo normal que los relatos lleguen a un fin. Bauman señalaba que “ninguna de las historias de identidad que se cuentan hoy en día está exenta de revisión: todas y cada una de ellas puede ser negadas a voluntad tan pronto como dejen de complacer o prometan menor satisfacción que la siguiente”.

Siguiendo con Bauman, cualquier construcción a futuro tiene que aprender del error previo y  saber que los lazos elegidos no durarán si la voluntad de mantenerlos vivos no se apoya en algo más sólido que la mera y pasajera satisfacción. En el caso boliviano, probablemente la configuración del relato halla su fin en la falsa construcción (que fue algo más legal que práctico) del reconocimiento de derechos y radicalización de la democracia.

La plurinacionalidad es una fantástica idea, se debe retomar y trabajar correctamente, porque es la tarea fundamental como país poder –citando a Gademer en otro contexto- “vivir con el Otro, vivir como el Otro del Otro”.

2.Frente al espejo: un desconocido

En cualquier caso, cuando el oficialismo mantiene los mismas imaginarios de hace 14 años deslegitima su propios logros, los niega. ¿Es acaso que el MAS en todo este tiempo no pudo potencializar el sentido común progresista en la población?; ¿Será que en realidad se tuvo una mera instrumentalización electoral del componente indígena-campesino y en Gobierno no les importó o no tuvieron la capacidad de reivindicarlo en el imaginario colectivo? Si la respuesta a estas preguntas fuera afirmativa estaríamos hablando que aún podemos utilizar los sustantivos de conformación social de otrora, pero no es el caso, resulta imposible admitir que se potencializo y quizá incluso se creó un sentido común que contemplaba la diversidad, la multiculturalidad, las reivindicaciones sociales y todo lo que implicó la “Revolución Democrática y Cultural”.

Así como cambió la estructura del rival, cambió también la del MAS. Ese partido que encasillaba casi perfectamente en la definición de partido progresivo de Gramsci, porque tendía “a mantener en la órbita del de la legalidad a las fuerzas reaccionarias despojadas del poder  y levantar las masas atrasadas a la nueva legalidad”, hoy se ha convertido –despojado del determinismo histórico- en el partido reaccionario o regresivo que “tiende a comprimir las fuerzas vivas de la historia y a mantener una legalidad superada, antihistérica, hecha extrínseca”.

Retomando a Gramsci “el funcionamiento del partido suministra criterios de discriminación: cuando el partido es progresivo, funciona ‘democráticamente’, cuando el partido es regresivo funciona ‘burocráticamente’. En este segundo caso el partido es un mero ejecutor no deliberante: es entonces, técnicamente, un órgano de policía y su nombre de ‘partido político’ es una pura metáfora de carácter mitológico” bajo esta descripción no cabe duda que el MAS de hoy entra en el segundo, pretendiendo mantener un orden político, un relato y una construcción política caduca.

El mismo vicepresidente, Álvaro García Linera, debería revisitarse para ver cómo no solo se reconfigura el contrincante, sino también uno mismo, pues como diría su admirado Gramsci “Verdaderamente puede decirse que un partido no está nunca perfecto y formado, en el sentido de que todo desarrollo crea nuevas obligaciones y tareas”.

Ahí donde existía una crítica a aquella izquierda tradicional boliviana incapaz de entender el componente indígena y se aislada en el pensamiento europeo, hoy debería haber una autocrítica de la “izquierda” hegemónica que se han convertido, donde tilda de derecha a todo aquello que no es capaz de entender, la miopía que trae el poder es contraproducente y seguir pensando que con 14 años gobernando siguen siendo contra-hegemónicos sería una aberración. 

Para Gramsci los que infringen la ley (entendida como un orden político o social imperante) pueden encontrarse: 1) Entre los elementos sociales reaccionarios desposeídos del poder por ley 2) entre los elementos progresivos comprimidos por la ley 3) entre los elementos que no han alcanzado aún el nivel de civilización que la ley puede representar.

Las reivindicaciones étnicas, culturales y sociales que llevó adelante el MAS, estaban en el segundo elemento en su momento, cuando eran tildadas de esa subversión con la que hoy ellos, ya cómodos, se llenan la boca.

Hoy en ese plano igual se manifiestan elementos progresivos comprimidos por la ley en busca de obtener reivindicaciones plenas, que buscan ser considerados como actores reales y no solo como adornos jurídicos. Ahí vemos a las mujeres, los jóvenes, la población LGBTI, los ecologistas y también a pueblos indígenas de los que al parecer el gobierno se ha olvidado.

Lo que aparentemente compuso el MAS: el elemento progresivo comprimido en la ley, las emancipaciones indígena sociales que habían sido simplificadas al inservible elemento nominal y que decidieron (re)hacerse como sujeto político para alcanzar mayor democracia. Son hoy la inspiración simbólica de quienes se movilizan y salen a las calles ¿Cómo puede el MAS negar esa necesidad histórica de recomposición? Si fueron ellos quienes representaron las mismas en su tiempo, aquellos que fueron los adalides de las reivindicaciones, la lucha frontal a los poderosos y el antídoto a la ambición disfrazada de política, no pueden estar hoy en contra ellos, pues en su tiempo fueron ellos. O ¿Es acaso que la lucha del MAS nunca fue sincera?   

Sergio Gerardo Manjon Cervantes es estudiante de Ciencias Políticas en la UCB-La Paz

Etiquetas