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Opinión

Latinoamérica triplemente fragmentada

9 de Febrero, 2026
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La casi cinematográfica irrupción militar estadounidense del 3 de enero pasado en Caracas para capturar al fraudulento gobernante que había en Venezuela ha puesto en evidencia el hecho de que América Latina se encuentra en un momento de máxima debilidad y fractura intestina.

Aquella acometida, indicativa de la renovada prepotencia imperialista que parece haber tomado el mando de la Casa Blanca, tuvo muchos elementos espectaculares y otros que se mantienen aún oscuros, como el número real de víctimas que provocó, las complicidades internas, los daños efectivamente registrados o el verdadero alcance de los objetivos y acuerdos de Washington. Tal acción inició la desestructuración de un régimen autoritario establecido en 1999, además de que inauguró –algo sin duda altamente preocupante–una nueva etapa del control neocolonial en la región.

Hasta donde se pudo ver, las reacciones políticas latinoamericanas ante esa circunstancia se dieron apenas en el ámbito de la pura retórica diplomática. Y los grandes presuntos aliados del detenido (Rusia, China, Irán) optaron por dejar correr las cosas.

El rechazo oficial a lo ocurrido solo fue explícito en los casos de México, Colombia, Brasil, Chile, Cuba y Nicaragua, sobrevivientes a su modo del ala “progresista”. En tanto que la aprobación de lo sucedido fue mayoritaria en el plano ciudadano, como lo evidenció una encuesta telefónica y por Internet que la empresa mexicana Áltica llevó a cabo los días 3 y 4 de enero en once países. Según esos datos, de mayor a menor grado, la intervención foránea fue bien recibida por la población en Costa Rica, Chile, Colombia, Panamá, Perú, Bolivia, Brasil, Argentina, Ecuador, Uruguay y México (véase https://altica-panellatam120126.tiiny.site/).

En ese marco, resultó bastante penoso presenciar la estupefacción e impotencia de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, que había advertido a los eventuales invasores del norte sobre el comienzo de una verdadera guerra, al igual que fueron de lamentar tanto las escasas e improductivas movilizaciones callejeras venezolanas en demanda de que la Casa Blanca devuelva al aprehendido como la instalación dirigida de una “presidencia encargada” en el Palacio de Miraflores para que atienda –como lo viene haciendo– las exigencias de los interventores. El puñado de “activistas” bolivianos que protestó por algunos minutos en puertas de una abandonada embajada de Venezuela, en La Paz, aportó una imagen local de ese conjunto desolador.

Probablemente si se hubiese tratado de una invasión la figura habría cambiado de forma notable, pero los intrusos actuaron en el tiempo exacto con tecnología e inteligencia y lograron frutos y apoyos más que repulsas. Quizá el efecto de amedrentamiento colectivo que generó la incursión armada también haya sido responsable de la pasividad generalizada que siguió al acontecimiento.

De todos modos, que se llegara a una situación así en la región no es algo fortuito. Las condiciones requeridas fueron largamente preparadas por un grupo de regímenes que se atribuyeron una falsa identidad socialista y que terminaron caracterizándose, sin excepción, por la demagogia, el fraude, la represión, la manipulación legal, el empoderamiento cínico de sus élites y una extendida corrupción. Gobiernos políticamente impresentables, éticamente indefendibles y con deprimentes resultados económicos y sociales como los que hubo en Venezuela o Bolivia, o como los que todavía subsisten en Nicaragua y Cuba, echaron gran parte de las bases para el actual “giro a la derecha” y, en adición, para la subyugación de facto del subcontinente a un ahora redivivo “coloso del norte”.

Esos esquemas de poder despótico fragmentaron Latinoamérica en tres niveles: el nacional, el intrarregional y el interregional. La polarización política y cultural tiene internamente divididas a las sociedades del área, la sobreideologización mantiene enfrentados a los países y la región está imposibilitada de articular consensos ante actores o interlocutores externos. La gravedad del trance presente sugiere que América Latina retrotrajo su historia más o menos al tiempo que precedió a la revolución cubana de 1959, claro que sin visos de que pueda producirse un movimiento como ese.

Mientras tanto, Washington parece avanzar con éxito en la aplicación de su “Estrategia Nacional de Defensa 2026” centrada en el resguardo del territorio y los intereses estadounidenses “en todo el hemisferio occidental”. El documento de esa estrategia, recientemente desclasificado, identifica al Canal de Panamá, el Golfo de México (renombrado como “Golfo de América” por Donald Trump) y a Groenlandia como tres espacios esenciales para los señalados objetivos de salvaguarda. Asimismo, anticipa el potenciamiento de la base industrial de esa defensa y la coordinación al respecto con socios y aliados, especialmente de Europa.

En últimos días hubo quienes sostuvieron que lo acaecido en Venezuela supuso la resurrección de la “Doctrina Monroe” contenida en el informe anual que el presidente James Monroe presentó al Congreso el 2 de diciembre de 1823, el que comenzaba con esta afirmación: “Los continentes americanos (sic) por la condición libre e independiente que han asumido y sostienen, de hoy en adelante no se considerarán como objetivos de futura colonización por ninguna potencia europea”, y precisaba que “(…) ninguna intervención de cualquier potencia europea con el propósito de oprimirlos o de controlar su destino en otra forma, podría ser interpretada por nosotros más que como la manifestación  de una actitud hostil hacia los Estados Unidos”. Bajo el lema de “América para los americanos”, esa formulación llamaba, pues, a los viejos imperios europeos a que se abstuvieran de pretender reconquistar sus antiguas colonias americanas, aunque también era entendible como la abierta adopción de una política estadounidense imperialista en el continente.

Sin embargo, lo acontecido el mes anterior en Caracas, sumado a otras actuaciones de la Casa Blanca relacionadas con Rusia, China, Israel, Europa o varios países árabes, desborda los confines de América y de aquella doctrina e insinúa, más bien, que la consigna de hoy sería “Occidente para los estadounidenses”. En un rompecabezas geopolítico de tal magnitud, hay señales de que América Latina, fragmentada, esté al borde de quedar reducida a una mera pieza dependiente y tal vez incluso descartable.

El autor es especialista en comunicación y análisis político

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