Prólogo desde los Estados Unidos
“Tan faltos de Aire” explora un lazo que casi nadie en el mundo de las relaciones exteriores había examinado antes con la seriedad suficiente: las relaciones entre Bolivia y los Estados Unidos. Dos de las mentes más agudas de Bolivia, Gonzalo Mendieta y Rafael Archondo han hecho algo tan aparentemente simple como brillante. Han puesto la geografía en el centro de esta historia.
La metáfora central de “Tan faltos de Aire” no es solo figurativa, sino literal. La Paz, Bolivia, está a 12 mil metros sobre el nivel del mar. El poblado más alto en todos los Estados Unidos –Alma, Colorado- se sitúa a 10 mil metros e incluso algún residente veterano de Alma tendría dificultades para respirar en el momento en que descendiera del avión en El Alto, el aeropuerto más alto del mundo. Los primeros enviados americanos que llegaron a Bolivia posiblemente creyeron que habían aterrizado en algún lugar próximo al Tíbet y no en el hemisferio occidental que creían conocer.
Mendieta y Archondo suponen que los 61 primeros embajadores que plantaron sus pies en La Paz tenían una sola cosa en mente: escapar. Ello me parece totalmente plausible. La mayoría de los escritores trataría esta altura como un aspecto propio del color local. Pero Mendieta y Archondo tratan ese rasgo como un factor geopolítico clave. Esta es la observación que hace que este libro sea original.
Me tocó experimentar el peso de esta geografía hace más de 20 años, cuando viajé a Bolivia acompañada de Jed, mi esposo, y nuestras dos hijas. La asombrosa La Paz te quita literal y metafóricamente el aire. Y fue esa visita la que inspiró en parte las observaciones que más adelante desarrollé en World on Fire (2003). Bolivia, comprobé, es una ilustración casi perfecta de lo que ocurre cuando los mercados libres y la democratización chocan con profundas y no resueltas tensiones entre un grupo minoritario, que domina el mercado y una población indígena empobrecida.
Mendieta y Archondo van más allá de las dinámicas étnicas internas de Bolivia para analizar cómo la diplomacia americana en sí misma terminó moldeada por el escarpado factor físico de la geografía andina. La “falta de aire”, experimentada por los diplomáticos americanos, tuvo efectos más allá de la mera incomodidad. Fue una condición estructural que mantuvo a Bolivia en la periferia del pensamiento estratégico de los Estados Unidos con solo algunas excepciones. Los casi 50 testimonios en los que se registran quejas sobre la altura de La Paz aportan algo más que un archivo divertido de la miseria diplomática. Son una evidencia de la distancia persistente entre Washington y La Paz. Una distancia que se plantea en fuerte contraste con la posición que Estados Unidos mantuvo con México o Cuba.
De modo reconfortante, los autores se resisten a la tentación de tratar la política exterior de los Estados Unidos hacia América Latina como algo monolítico, como muchas veces se la describe. La política exterior de los Estados Unidos no se aplica de modo uniforme. Los autores nos plantean tres aproximaciones diferentes. Primero la que se tuvo con México, el territorio colindante, por cuya proximidad todo asunto termina convertido en una prioridad. En segundo lugar, la que se desplegó con el Caribe y Centroamérica, donde bajo el deseo de evitar que el Canal de Panamá atravesara por la experiencia final del Canal de Suez (1956), se produjo una política de intervencionismo agresivo. Y, en tercer lugar, la que se puso en escena en Sudamérica, la cual, por su lejanía, resultó menos amenazante y por ello mismo fue administrada bajo una lógica distinta. No por casualidad dentro del Departamento de Estado funcionaba una oficina diferenciada para esa zona que pasó a conocerse simplemente como OSA.
Esta teoría de las tres zonas, formulada por los autores, ayuda a explicar un rompecabezas, que ha intrigado por mucho tiempo a los historiadores. En Guatemala en 1954, Estados Unidos orquestó la caída de un gobierno electo democráticamente. En Bolivia, solo dos años después de la revolución de 1952, Washington no solo toleró, sino que incluso respaldó el despliegue de esa revolución que incluyó la nacionalización de las minas de estaño del país. La emergencia de un nacionalismo tercermundista de corte anticomunista, pero, sobre todo, amistoso con los Estados Unidos, solo podía funcionar a distancias como las de La Paz, Lima, Quito o Buenos Aires. Sólo a esa distancia remota, los tomadores de decisiones estadounidenses aceptaron e incluso alentaron a líderes latinoamericanos como Velasco Alvarado en el Perú, Rodríguez Lara en Ecuador, Ovando Candia en Bolivia o, aunque con considerablemente menos paciencia, Juan Domingo Perón en Argentina.
Lo que siguió a la Revolución de 1952, como nos muestran Mendieta y Archondo, fue una de las más extrañas asociaciones en la historia de la política exterior de los Estados Unidos. Durante medio siglo, Bolivia fue el mayor receptor per cápita de ayuda económica y militar estadounidense en América Latina, dos mil millones de dólares entre 1950 y 2000. La visión estratégica de esta agenda de desarrollo fue aportada por el ambicioso plan Bohan, formulado por primera vez en 1937 por el asesor americano Merwin Bohan, cuya visión era diversificar la economía boliviana, conectando con las tierras bajas del este del país. El plan sobrevivió todas las turbulencias políticas en los dos países por un periodo de cuatro décadas. Bolivia nunca fue una colonia, los autores la describen como un estado cliente. Tuvo la suficiente agencia como para nacionalizar dos veces compañías petroleras americanas, hacer lo mismo con tres empresas mineras estadounidenses, remolonear con las exigencias de Washington, todo ello sin producir una ruptura definitiva.
La excepción notable dentro de esta tolerancia estadounidense para con Sudamérica es indudablemente el caso de Salvador Allende en Chile. Y es que lejos de adaptar su proyecto político a la lógica geográfica que regía las relaciones con Washington, el proceso chileno cometió probablemente el exceso de entregarse demasiado pronto y con un entusiasmo suicida a una alianza con Fidel Castro, lo que hizo imposible que Estados Unidos pudiera ignorarlo. Al final, Allende pagó un precio por su “vía pacífica al socialismo”, no tanto a través de la iniciativa de Henry Kissinger, aunque él haya jugado un rol, sino por las manos del estado mayor del Ejército chileno y de su cuerpo de carabineros.
“Tan faltos de Aire” aparece en un momento oportuno. En enero de 2026, fuerzas especiales y combinadas de los Estados Unidos extrajeron de Caracas a Nicolás Maduro y su esposa. Muchos latinoamericanos que habían abogado por un cambio de régimen en Venezuela se sintieron decepcionados por el carácter limitado de la intervención estadounidense. Algunos especularon sobre el deseo de evitar las guerras civiles que siguieron a las intervenciones en Irak y Afganistán. Ello habría guiado el tratamiento del secretario Marco Rubio de cara a Venezuela. El libro de Mendieta y Archondo ofrece algo muy valioso para este momento: un marco para explicar la política exterior de los Estados Unidos en sus propios términos, es decir, algo más que un pie de página de los entuertos americanos en otras latitudes.
Bolivia y Estados Unidos se han prometido retomar o normalizar sus relaciones diplomáticas. Ambos gobiernos harían bien leyendo estas páginas antes de proceder. No hay muchos libros que funcionan como un mapa práctico de ruta para quienes prefieren aprender del pasado antes que improvisar sus pasos a través del presente. Este es uno de ellos.
Visitar Bolivia de nuevo a través de estas páginas ha sido una travesía larga y esclarecedora. Casi de dos siglos, esta vez.
La autora es profesora de Derecho en la Escuela de Leyes de la Universidad de Yale.