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Opinión

Entrar en la Historia o quedar fuera

15 de Diciembre, 2025
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Son probablemente los políticos los personajes que tienen mayor afán por sentirse parte de la Historia con mayúscula, es decir, del proceso social que puede moldear la vida de un colectivo o que al menos le deja huella, lo cual es muy diferente de tener que sumirse apenas en una historia circunstancial, periférica y anecdótica.

Entrar en esa Historia es, así, uno de los móviles fundamentales del accionar de aquellos que se presumen llamados a ejecutar una suerte de misión salvífica para un grupo social dado, pero también del de quienes creen ya haber cumplido tal cometido.

Esa historia grande consiste tanto en el entrecruzamiento de acontecimientos más o menos definitorios vividos por una sociedad en un determinado cruce espacio-temporal, como en la memoria solemne o no que queda registrada al respecto. Ese doble carácter explica muy bien la angustia de varios que, a como dé lugar, anhelaban o aun anhelan ver sus nombres inscritos en mármol.

Aunque lo cierto es que tal devenir siempre es el producto de lo que hace o deja de hacer mucha gente frente a las posibilidades que se abren o cierran bajo condiciones concretas, la percepción normal tiende a considerar que el eje de lo histórico radica en la actuación de individuos a los cuales confiere rasgos singulares y que a veces hasta vincula a una presunta predestinación.

En Bolivia, no pocos de los libros que cuentan la vida del país se limitan a ofrecer cronologías descontextualizadas que reflejan travesías de héroes y mártires con fechas y lugares, cliché que profesores de escuela y dirigentes políticos o sociales suelen reproducir con entusiasmo. 

En general, las narraciones históricas, como inventario panorámico de lo acaecido, otorgan un lugar a sujetos y sucesos que terminan clasificados en función de los ángulos de mira adoptados por los cronistas que las generan y en relación con valoraciones éticas, intencionalidades políticas o angustias e intereses del momento en que son construidas.

Cuando esos relatos se ocupan del pasado relativamente remoto, las visiones que reflejan –que de todos modos nunca serán definitivas– dependen en su credibilidad de la documentación fidedigna en que se apoyen; mas cuando se trata de otros, y en particular los referidos a la “historia inmediata”, la más cercana al tiempo actual, las disputas por lo que ha de ser consignado y la manera en que se lo debiera hacer pueden ser muy intensas, ácidas e inconciliables.

Si casi no se hallaría problema en señalar y aceptar el carácter histórico de la guerra del Pacífico (que en la bibliografía chilena no pasa de ser un “incidente”), la guerra del Chaco o la revolución modernizadora de 1952, como tampoco de determinados personajes (los forjadores de la nación o los constructores de la democracia, por ejemplo), sí surgen dudas, divergencias y conflictos frente a otro tipo de casos, como los de hechos o personas  que nada sugieren ser fruto de la inventiva popular (unos dichos de Mariano Melgarejo o Eduardo Avaroa), de otros reales que más bien son ignorados por los anales oficiales –como los 13 años desaparecidos (1987 a 2000) de la relación boliviana con Chile en el “Libro del Mar” publicado en 2014)–  o de ciertas controversiales decisiones acerca de qué incluir o no en los registros de lo memorable (¿puede un dictador ser integrado en una lista de gobernantes que no lo fueron?).

Después de lo apuntado, si algo podría terminar siendo un poco claro, sobre todo para algunos individuos, es que jamás será igual entrar en la Historia que quedar fuera de ella, pues mientras unos resultan agraciados con una colocación privilegiada en ese ansiado territorio –lo que no significa necesariamente que hayan sido “buenos” o “valiosos” en él (solo piénsese en Adolf Hitler)–, otros deben resignarse a mirarlo, a lo lejos, desde la ventana de la  opacidad o el ostracismo.

Esto último es lo que parece estar ocurriéndoles a los dos exgobernantes del llamado Movimiento al Socialismo: el primero, el fugado, todavía se resiste a darse cuenta de que está afuera, porque la propia Historia lo expulsó; el segundo, su heredero inesperadamente autonomizado, empieza recién a percatarse de que la hora de salir le había llegado.

Convendría a los políticos tomar nota de que la Historia solo maneja una lista corta en la que siempre es difícil entrar o permanecer y más aún aspirar a reingresar.

El autor es especialista en comunicación y análisis político

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