A propósito de las recientes elecciones presidenciales, no faltó aquel que afirmó que, después mucho tiempo, el país vivió una fase de verdadera “debatitis”.
Seguramente esa sensación surgió debido a la evidente proliferación de encuentros que se tuvo entre algunos, la mayoría o todos los candidatos, en instituciones o en medios de difusión, aunque lo cierto es que más bien se trató de foros y, en no pocos casos, de entrevistas. Lo nuevo fue que los aspirantes a la presidencia volvieran a hablar en público.
El debate es una técnica de presentación y discusión de temas en que los participantes confrontan posiciones, argumentan y contraargumentan, con el propósito de posibilitar que terceras personas no solamente logren comprender mejor sus correspondientes planteamientos sino, además, puedan contrastar su consistencia y la valoren para formar su propio juicio o para asumir decisiones.
En el marco de un proceso electoral, esto se refiere a que los debatientes expongan con claridad sus diagnósticos de la situación y sus propuestas programáticas, sean problematizados al respecto y brinden las explicaciones documentadas y las aclaraciones que se requiera. ¿Alguien encontró algo como esto en los “debates” previos a las votaciones del pasado 17 de agosto?
Aparte de que determinados candidatos no fueron tomados en cuenta todo el tiempo para intervenir en los referidos encuentros, otros prefirieron excusarse y no asistir. Y cuando se dio la oportunidad de que esos postulantes –pocos o en su totalidad– pudieron verse cara a cara, unos se dedicaron a mofarse de otros, a escarbar en su pasado real o ficticio para descalificarse o, en ocasiones, a tratar de mostrar que los demás pretendían tener afinidades con sus propios puntos de vista. Esto último fue incluso bien aprovechado por algunos organizadores de foros que inclusive llevaron a que sus invitados se comprometieran a un futuro tratamiento común de ciertos asuntos.
La práctica del debate entre candidatos presidenciales nació en 1989 por iniciativa de la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP) y se desarrolló sin mayores alteraciones hasta 2005, cuando fue desconocida por un actor político que ese año resultó inesperadamente catapultado a las esferas del poder. El debate fue así interrumpido y recién en 2020 se hizo un tibio intento de reactivarlo, todavía bajo sabotaje del oficialismo que se resistía a discutir.
Los comicios de 2025 suponían un momento ideal para retomar la experiencia original. Por ello, en octubre de 2024 la APLP consiguió una temprana aquiescencia del Tribunal Supremo Electoral (TSE) para llevar adelante esta actividad en conjunto y ratificó su voluntad para ello en sucesivas ocasiones, hasta junio del año en curso. Sin embargo, a finales de ese mes el TSE estableció una alianza exclusiva con la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia con vista a tal fin.
Esta institución empresarial fue la que tomó a su cargo el diseño y el control logístico y de contenido de lo que debían haber sido dos “debates presidenciales”, que acabaron concebidos en términos de espectáculo televisivo, con un segmento para la presentación resumida de ideas sobre temas predefinidos y otro para que los participantes se hagan preguntas entre sí. Lógicamente, el análisis y la confrontación de propuestas quedaron excluidos y el papel del periodismo fue reducido al control de los tiempos de las intervenciones y a las operaciones técnicas de difusión. Como ya es conocido, para el segundo de esos “debates”, pues el primero sí fue llevado a cabo, la eventual socia empresarial del TSE se desmarcó.
En consecuencia, no pudo haber habido “debatitis” si ni siquiera el que se suponía iba a ser considerado principal –por tener el auspicio de la autoridad electoral– llegó a ser efectivamente un debate.
A partir de ello, ahora que se aproxima la etapa decisiva de la elección del próximo gobierno nacional, convendría que sean tomadas las previsiones suficientes para que los candidatos en disputa presenten sus programas a los votantes y examinen en público su pertinencia y factibilidad, sin desviar la atención del electorado hacia cuestiones anecdóticas.
Se esperaría, entonces, que el debate electoral que no hubo sí pueda hacerse realidad para la segunda vuelta. Eso, cómo no, cualificaría la votación de octubre.
El autor es especialista en comunicación y análisis político