Acaba de completarse el primer cuarto del siglo XXI y el balance general que tendría que hacerse no se anuncia muy alentador.
Han quedado lejos los temores que trajo el tránsito del año 1999 al 2000, no solo por el recuerdo del pánico relativo al fin del mundo vivido durante la llegada del primer milenio, sino por el llamado “efecto Y2K” (abreviatura inglesa de Año Dos Mil) por el que se presumía que las redes computacionales colapsarían al interpretar el cambio de dígito como el año 1901 y se generaría un caos global en todos los servicios conectados.
El cierre de centuria en ese momento mostró que aquella alarma informática y social felizmente había sido infundada. El año 2001, inicio de siglo y de milenio, ya no provocó pavor alguno. Pero hoy, transcurridos veinticinco años de esas dos etapas inauguradas entonces, sí parecen haber bases reales para que surjan nuevos miedos. Un breve, incompleto y sesgado panorama al respecto puede plantear algunas cuestiones sobre las que valdría la pena reflexionar.
Quizá el ámbito del desarrollo tecnológico, en particular en el sector informativo-comunicacional y con la Inteligencia Artificial en medio, sea uno de los pocos que convenga considerar en términos positivos para la consecución de los objetivos dignificadores de la humanidad, pues si es bien aprovechado ofrece la potencialidad necesaria no solo para para ampliar los horizontes del saber, sino para fortalecer las posibilidades de vinculación social, reconocimiento recíproco, comprensión y cooperación.
En ese plano, en lo que va del siglo han sido establecidas las mayores plataformas y redes de comunicación, información, entretenimiento y publicidad tanto satelital como digital, que son empresas gigantescas que controlan, entre otros aspectos, la fabricación y venta de los dispositivos técnicos, los patrones de producción y circulación de contenidos, la información que los usuarios canalizan y un flujo ingente de ingresos económicos diarios.
Algunas consecuencias perversas de este fenómeno contemporáneo, aparte de la estructuración de oligopolios globales o la cibervigilancia, son la tecno-adicción, la aceleración de la desinformación o el deterioro del sentido crítico individual y colectivo, con lo que ello implica para la cultura y la educación, como también para la convivencia social y la institucionalidad de las democracias. “El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”, dijo Umberto Eco a propósito de estos temas.
Pero, además, es en ese universo tecnificado donde ahora radican las principales fortunas del planeta. En una población de más de 8 mil 200 millones de personas, total del que alrededor del 52% se encuentra en situación de pobreza, quienes concentran alrededor del 48% de la riqueza mundial (unos 250 billones de dólares) representan apenas al 1,2% de los habitantes. Para diciembre pasado, los más grandes multimillonarios eran 3 mil y ocho de los diez más grandes tenían negocios en el campo tecnológico (SpaceX, Amazon, Facebook, Instagram, WhatsApp, Google, Oracle, Nvidia, Microsoft). La riqueza del número uno, Elon Musk, estaba estimada en 715 mil millones de dólares.
Así, las distancias económicas y sociales previas no solamente se ratificaron, sino que se agudizaron en los últimos cinco lustros. Las brechas extremas (entre continentes, naciones y dentro de los países) son cada vez mayores. Ello, asimismo, se hizo evidente durante la pandemia del Covid-19, que entre diciembre de 2019 y agosto de 2023 cobró la vida de más de 7 millones de personas.
La violencia armada también alcanzó niveles de gran magnitud. A lo largo de estos 25 años han sido contabilizados más de 300 conflictos bélicos de diferente proporción en África, Asia, Medio Oriente, Europa y América. Primordialmente, sus causas fueron o son de naturaleza política (luchas internas, guerras civiles), delictiva (sobre todo por drogas) y geopolítica (por control de territorios y sus recursos).
Entre los argumentos más frecuentes para este belicismo figuran la “limpieza étnica”, la “guerra justa” (en respuesta a un ataque), la “guerra contra el narcotráfico” y la “guerra contra el terrorismo”. Se calcula que las muertes de militares, rebeldes y civiles oscilan entre 70 mil y 200 mil por año y que el gasto en armamento asciende a un promedio de 2 billones de dólares anuales. Y quedan pendientes de evaluar los costos de los daños ambientales y materiales. En este tiempo, la humanidad y el planeta están sufriendo la mayor violencia histórica desde la llamada Segunda Guerra Mundial.
Los ejemplos más recientes y conocidos de esta problemática son la invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022 por disputas territoriales, la invasión israelí a la Franja de Gaza tras un ataque del movimiento palestino Hamás contra Israel en octubre de 2023 y la incursión estadounidense en Venezuela el 3 de enero de este año para aprehender a su gobernante acusado de múltiples delitos contra los Estados Unidos. Estos tres casos reflejan de manera descarnada cómo están moviéndose los hilos del reordenamiento global que busca, por cualquier medio, recomponer la hegemonía internacional que se encuentra desdibujada desde el término de la confrontación entre capitalismo y comunismo (“Guerra Fría”) ocurrido hacia finales de la década de 1980 con la caída del “socialismo real” en el Este europeo y con la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
A todo ello se suman el acuciante y multidimensional problema de la migración, la frustración generada por varios proyectos –latinoamericanos, sobre todo– alentados por una izquierda desfigurada, el “giro político a la derecha” con expresiones cada vez más radicales y la proliferación y el afianzamiento de los autoritarismos, inclusive bajo la fachada formal del voto democrático, con creciente frecuencia manipulado o simplemente desconocido.
Aunque este rápido cuadro deja de lado muchos elementos y matices, puede resultar suficiente para comprender que el signo del nuevo siglo (y milenio), hasta ahora, ha sido más el del retroceso. Sin embargo, y tal vez por eso mismo, los sueños de libertad y justicia necesitan continuar en la agenda que las sociedades deben ejecutar.
El autor es especialista en comunicación y análisis político