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Opinión

Cuando el poder deforma

7 de Junio, 2025
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Para los griegos, la hybris era la desmesura, provocaba que los mortales se cran dioses, traspasen límites y desafíen el orden natural. Los que caían en ella eran tarde o temprano castigados. Mirando a la política moderna, el neurólogo David Owen tomó el mito y lo llamó síndrome de hubris: el trastorno que afecta a líderes cuando están mucho tiempo en el poder. Los síntomas son la pérdida de contacto con la realidad, la intolerancia a la crítica y una visión grandiosa de sí mismos. 

El caso de Evo, al menos desde la psicología política, ilustra el síndrome con una claridad inquietamente. A inicios de los 2000, Morales emergió casi como un símbolo de justicia histórica: primer presidente indígena de un país mayoritariamente indio, protagonista de un proceso que amplió derechos y representó la voz de millones. Sin embargo, con los años, su liderazgo pasó de ser una herramienta de transformación a un espejo que lo fijó en su propia imagen. Como me dijo alguien estos días: “Evo es lo mejor y lo peor que nos ha pasado”.

Lo cierto es que en toda su trayectoria Evo desplegó rasgos de narcisismo funcional: seguridad en sí mismo, continua necesidad de validación y una capacidad inusual de conectar con las masas. Su perfil, útil en momentos de disputa y movilización, se volvió disfuncional cuando el entorno político dejó de ofrecer límites y contrapesos. Esto dio paso a un rasgo central del síndrome de hubris: el líder deja de verse como parte de un proceso y comienza a verse como su encarnación misma, la única posible.

Evo ha desarrollado comportamientos típicos de líderes afectados por el síndrome de hubris: demuestra hostilidad ante cualquier forma de crítica, desconfía incluso de sus aliados y es incapaz de imaginar su rol político fuera del centro del poder. Su obsesión por protagonizar el movimiento que lo llevó al poder muestra una compulsión no solo por el mando, si no por la reafirmación simbólica. ¿Necesidad o estrategia?, cuestionarán algunos. La realidad va marcando que, sin protagonismo, su identidad política se desvanece. Sin poder, no hay reflejo, sin reflejo no hay yo.

Es importante señalar que este patrón no solo es resultado de una psicología individual. También es síntoma de una falla colectiva. Cuando el entorno idolatra al líder, no cultiva la cultura de la alternancia – irónicamente tan presente en el mundo indígena - y debilita los frenos institucionales, permite que el hubris se normalice. Evo no es el único en su especie, la región está llena de liderazgos que “hay un tiempo para llegar y otro tiempo para irse” como dijo Mujica. Aun así, el caso boliviano resalta por cómo un proyecto nacido como ampliación democrática, terminó siendo devorado por quien lo encabezó.

Podría pensarse, desde esta perspectiva, que el declive no es solo político sino también psicológico. La imagen de Evo expresa un liderazgo cada vez más encerrado en sí mismo, atrapado en una narrativa en la que él es alfa y omega del proceso; pero la psicología del poder prolongado revela sus límites: cuando el liderazgo se vuelve un reflejo de sí mismo, el riesgo no es solo el estancamiento, sino la regresión. 

Los grandes liderazgos no se definen solo por su capacidad de irrumpir, sino por su sabiduría para retirarse, la historia contiene varios ejemplos. Es en este sentido que el liderazgo de Evo está en disputa, tratar de volver una y otra vez, 24/7, no solo ha erosionado su figura, sino que pone en riesgo eso que alguna vez representó. Como en el mito griego, el problema no es haber subido alto, sino creerse eterno en la cima.

Todo esto habla no solo del líder, sino de la sociedad. Cuando el poder no encuentra límites se termina devorando a sí mismo. ¿Cómo aprender que en política el retirarse no es siempre una derrota, sino también una forma de trascender? Se requiere madurez para eso último.

El autor es politólogo