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Opinión

Tratado sobre la estupidez

8 de Junio, 2026
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El mundo (incluyendo a Bolivia) está lleno de estúpidos, afirma Jano García (El Triunfo de la Estupidez, Penguin Random House, Grupo Editorial, Barcelona, 2024). Pero no todos los estúpidos son iguales. Hay estúpidos a medio tiempo, y otros a tiempo completo como, por ejemplo, los profesionales del bloqueo. El advenimiento de la masa a la vida política y su progresiva transformación en clase dirigente es, sin duda, una de las grandes transformaciones sociales de los últimos tiempos. Hace apenas unos siglos la opinión de la masa no contaba prácticamente nada. Hoy, sucede todo lo contrario, gracias a las redes sociales. Y como la masa es estúpida, lo lógico es que la tendencia natural de cualquier sociedad sea adaptarse a una mayoría de estúpidos. 

La masa no solo es impulsiva y cambiante. Al igual que un animal salvaje, no admite frustración alguna y exige que sus deseos (por muy irrealizables que sean) se cumplan. La masa exige protagonismo de las cuestiones públicas y privadas. Nadie puede contra una masa desquiciada dispuesta a lanzarse contra todo. Como un tsunami recién desatado, solo queda huir de ella para no ser engullido. Alimentada por los sentimientos más primitivos, su fuerza crece cuanto mayor es el protagonismo que le concede el poder político. El autor recuerda a Antonio Machado: “En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”.   

Y si pudiéramos escoger entre suprimir la maldad o la estupidez, sin duda la segunda sería la mejor opción porque el malvado, el demagogo y el charlatán se quedarían sin armas para llevar cabo sus delirios.  Mucho más sabio es el hombre común semianalfabeto del campo, que se deja guiar por la lógica, la razón y el sentido común, que el académico urbano, que cree poder reformar la naturaleza humana a través de un Parlamento.

Un Estado que aspira a progresar debe contar con gobernantes y servidores públicos idóneos, con vocación de servicio, cualidades morales, convicciones y determinaciones. La complejidad que supone gobernar un Estado, requiere especialización y la masa solo puede especializarse en una cosa: la estupidez. La clase media (por mucho que se repita) no es la que hace que una nación avance. Otorga cohesión, que es fundamental, pero sin las personas talentosas no hay nada. Sin embargo, el nivel del individuo decrece a gran velocidad en cuanto este pasa a conformar la masa y ésta a multiplicarse. 

El autor cuestiona el principio democrático, pues lo verdadero y lo bueno son independientes del número de hombres que sean capaces de reconocerlo. La tesis mayoritaria prevalece no porque sea infalible y certera, sino porque es impuesta desde una superioridad numérica a una minoría. Hay que combatir la estupidez, y debemos rechazar el mundo consumista moderno que genera una sociedad de fracasados. Mientras las generaciones pasadas consideraban progresar, mejorar su situación profesional, formar una familia, aumentar sus ingresos (trabajando duro, no reduciendo la jornada laboral), tener una casa en propiedad, ahora nos enfrentamos a una miseria que tratan de disimular con nombres como coliving, coworking, nesting y un sinfín de ridículos términos.

Lo cierto es que no tiene nada de progresista compartir habitación a cierta edad, no poder tener tu propio espacio de trabajo, cambiar el ocio por quedarse en casa, no tener un carro, darse duchas de agua fría, no comer carne o tener que vestirse con ropa de segunda mano. Eso no es progreso, sino más bien retroceso.  Por eso, es vital acabar con el poder otorgado a la masa estúpida y que esta vuelva a su lugar natural. No conviene desesperarse ni exaltarse en el proceso de reajuste que antes o después llegará, pues el cataclismo está garantizado bajo la senda de la estupidez.

El autor concluye que siempre es preferible la belleza a la fealdad, la inteligencia a la estupidez, la bondad a la maldad, la sofisticación a la vulgaridad, la prosperidad a la pobreza y el conocimiento a la ignorancia.  Y considera que Dios no dotó a ningún humano de plena inteligencia, pero sí de plena estupidez. Y, sin duda, decidió dejar a un grupo reducido la genialidad humana para así poder demostrar como unos pocos son capaces de hacer que la humanidad, a pesar de todo, siga evolucionando y cosechando grandes obras. Advierto que cualquier parecido con nuestra realidad, es pura coincidencia.

El autor es jurista y autor de varios libros.  

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