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Opinión

Los revolucionarios de La Plata

27 de Junio, 2026
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Qué bonito se debe sentir ser revolucionario. Y más, si se es de esos que no sufren compromiso físico ni responsabilidad moral y encima perciben buenos morlacos. Sin importar si no te interesan las secuelas de tu causa, basta con poseer carácter, habilidad con la soflama, buena entonación, y gozar del turismo ahí donde el quilombo llame, aun cuando no sea por muchos días. 

Bolivia siempre ha sido un lugar atractivo para estos revolucionarios, sobre todo, los argentinos. Y pese a que no todos han terminado como el Che, la mayoría parece compartir su extravío y arrogancia. Con una diferencia clara: los de ahora son paternalistas, el Che era clasista.

Hace unas pocas semanas tuvimos la breve visita de un grupo de misioneros gauchos, esparcidores de la palabra solidaria y la fraternidad latinoamericana, consagrada en el Códex galeánico de Las venas abiertas… Llegaron para salvarnos. Debían reportar a sus nomenclaturas en Argentina, México o España el terrorismo de Estado, los asesinatos del gobierno represor, las torturas y la cruenta violación a los derechos humanos durante la pacífica movilización del pueblo santo. 

Lástima que no hayan podido hacer su tarea. Si la policía migratoria boliviana no hubiese tenido la alerta de que estos seres de luz, “observadores de Derechos Humanos”, eran en verdad quilomberos encubiertos, los habría dejado entrar. Entonces podrían haber constatado que, en los últimos 50 días, Bolivia había vivido la mayor parálisis en su era democrática moderna debido a una ola masiva de bloqueos de carreteras. Que el país llegó a registrar más de 90 puntos de bloqueo simultáneos. Que al menos 17 personas murieron debido a que las ambulancias que los transportaban no lograron pasar; que algunos hospitales se quedaron sin oxígeno; y ciudades enteras, principalmente los pobres, sufrieron escasez severa de comida, medicinas y combustibles. Que los ciudadanos debieron hacer filas inmensas y los precios se dispararon. Que los daños a la economía boliviana se calcularon en unos 3500 millones de dólares. Y que más de 5000 choferes de idéntico número de camiones de carga pesada quedaron atrapados en los caminos durante semanas. 

Aunque para la Misión, su expulsión del país resultó afortunada. Pudieron así arengar acerca de la peste reaccionaria en Bolivia: “¡La lucha continúa compañeros!”; “¡No abandonaremos al pueblo boliviano, que es presa de las medidas totalitarias del ultraderechista Rodrigo Paz!”. 

En noviembre de 2019 estos mismos misioneros argentinos reportaban desde La Paz que durante “el golpe contra Evo Morales, se lanzaba gente desde helicópteros” (faltaba aclarar que la lanzaban al mar…) y que “los militares violaban cadáveres femeninos. 

“Hay tipos a los que no es preciso insultarlos, basta con describirlos”, decía Perich.

La congregación tiene devotos en Bolivia, cuyo cometido es extirpar a los derechosos, que no son personas de bien. Estos predicadores de los principios de la igualdad y la justicia social cohonestaron el secuestro a su propio pueblo.    

No puedo evitar pensar en la secta de Charles Manson cuando veo a estos propagadores ideológicos tan comprometidos con sus líderes. No porque crea que son capaces de asesinar a nadie, pues son solo portadores de cánticos histéricos como los que se escuchan en un partido River – Boca; pero sí porque reconozco en su extravío una especie de control mental ejercido por sus paladines sobre ellos. 

Ese control lo ejercen, más que nada, los que andan a la caza de momentos y espacios en los cuales influir y reafirmar la articulación de cierta izquierda global mediante el respaldo, incluso, de grupos radicales y regímenes antidemocráticos. 

A su “frustrado” retorno a Buenos Aires, la secta de fugaz estadía boliviana se concentró en torno al Obelisco para apoyar, sin reparar en la vía, el derrocamiento del Gobierno de Bolivia (en sus códigos eso supone un acto reivindicativo, jamás un golpe). Caminaban extáticos mientras repetían consignas de una atmósfera modificada. Viviendo en un universo paralelo, reclamaban por 11 personas asesinadas por Paz y por 400 presos políticos torturados. Al mismo tiempo, pero en una realidad terrenal, la mayoría festejábamos aquí el desbloqueo: los conductores de los camiones lagrimeaban emocionados al retornar a sus hogares luego de 52 días retenidos en las carreteras; las caseras de la Illampu se alegraban de poder vender ropa nuevamente; los campesinos se tranquilizaban porque sus esposas no serían ya vejadas por vender sus frutas y verduras. 

Cuando pienso en la energía que le ponen estos activistas, me pregunto si con todo lo que les está pasando a sus gurús, aún quedarán sponsors que les permitan continuar su obra. La caída de Maduro, el inminente desbarajuste del régimen cubano, el hallazgo de los presuntos actos de grosera corrupción de Zapatero (al que sus beneficiarios locales, tan ingratos ellos, no han enviado mensajes públicos de apoyo), la sujetada del cogote a Sheinbaum por Trump, el desmarque de Lula (que inconscientemente dejó saber que nunca había sido de izquierda), o el debilitamiento de la imagen de Evo mermarán irremediablemente el poder de los piqueteros gauchos, la influencia de los intelectuales que sufren los pesares de sus compatriotas latinoamericanos en alguna capital europea, y la potencia del mensaje de nuestros predicadores locales.  

Claro que nuestros representantes progresistas son más cerebrales y adaptativos. Eso les permitirá encontrar nuevos espacios si la debacle se produce. A los vecinos, qué remedio, les quedará ir a gritar a la cancha, pues tristemente ya ni siquiera podrán sintonizar sus cánticos con el gran Indio Solari. 

La autora es abogada