Opinión

4 de septiembre de 2017 08:44

Médicos bolivianos en jaque por el Gobierno


Si fueran a preguntar lo destacable de una Revolución Cubana que a fines de 1959 encandiló a los latinoamericanos, tendría que ser supuestos logros en educación y salud. No fue cuestión de quijotismo de un “patio trasero” con siniestro vaivén de corrupción y pobreza, regida por dictadores (“nuestros hijos de perra”, les llamaba “Teddy” Roosevelt), que habían hecho un puterío de casinos y coristas de la bella y letrada isla. Barbudos idealistas cambiarían las cosas, pensaban los cubanos.

No fue así, y no entraré a discutir si fue por la expropiación de inversiones gringas o el fracaso de su torpe injerencia bélica que la isla terminó en brazos del oso soviético. Pero en un mundo bipolar en plena Guerra Fría, habría de sobrevenir la Crisis de los Misiles. Tapujó que el resbalón cubano tuvo algo de fracasos (los 10 millones de toneladas de azúcar), y mucho de autocracia estalinista centrada en Fidel Castro. Es que el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente, habría que soplar a algún jefazo por ahí.

Creo que Hugo Chávez, empeñado en seguir pasos de Fidel Castro (sin guerrilla, pero con petrodólares), financió la exitosa campaña de Evo Morales que culminara en su asunción el 2006. Sobrevinieron los atropellos “evistas” sin mosquearse por el ordenamiento legal del país. El retrato de Che Guevara cuelga hoy en el Palacio Quemado y los héroes de Ñancahuazú fueron relegados al desván del olvido, reemplazados por estatuas del argentino-cubano en La Higuera, en un régimen de un falso “proceso de cambio” que parece dominado por la corrupción y la impostura.

Alguien contaba que son miles los incautos enviados a Cuba para una mano de medicina y tres de ideología castrista. Retornan a un país tan pobre y desigual, que su presencia es aplaudida por gente del campo que no recibe atención alguna y los servicios médicos urbanos están colmatados, o fuera del alcance de sus bolsillos. Son las famosas Misiones, que hicieran su julio en una Venezuela ensoberbecida por su catarata ahora seca de ingresos petroleros, y una Cuba que pagó petróleo con servicios médicos dudosos. Ahora quieren hacer su agosto en Bolivia.

Tal vez esa es la riada subyacente en la actual pulseta entre el Gobierno y los médicos.

A manera de contexto, digamos que los servicios de salud en Bolivia están estructurados en cuatro niveles: dispensarios o postas rurales; centros de salud que atienden partos y alguna cirugía menor; hospitales multipropósitos; y establecimientos privados que invierten en equipos de última tecnología, que a menudo son carísimos. Que yo sepa, estos últimos no se traen de Albania, ni se pagan con bolívares venezolanos, cada día más parecidos a los pesos bolivianos de la hiperinflación de los años 80, esa que parara el demonizado Decreto 21060.

Un primer escollo es la desconfianza en servicios médicos rurales. El auge de terapeutas “tradicionales” tal vez se debe a la ausencia de opción médica moderna. Quizá los galenos del campo llegan a un punto en que deben remitir sus pacientes a ciudades con mejor atención que usan equipos modernos, aparte de que el enfermo tiene miedo a morir y quiere estar seguro de que su cefalea o su tosecilla no es síntoma de algo grave. Un segundo obstáculo es que algunos médicos cambiaron el juramento hipocrático por el culto al dios Pluto, deidad griega del dinero (nada que ver con mi perrita Pluta, que un amigo gringo llamaba “la Gran Pluta”). Un tercer tropiezo es que los galenos ansían ejercer en las ciudades, quizá frustrados por atender enfermos desnutridos, la real raíz de los males de muertos de hambre.   

Sea lo que fuere, con disfraz de medicina social cubana el régimen de Evo Morales pasa de abuelita con el Seguro Universal y la Libre Afiliación, que se comerá a la caperucita médica. Además crea un Zar de control y fiscalización que puede ser un incapaz al servicio del Gobierno, con facultades sancionadoras y expropiadoras. Las unas, así no incluyan cárcel, tocan bolsillos de los médicos; las otras desincentivan las inversiones: ¡un equipo de resonancia magnética puede costar un millón de dólares y se vuelve obsoleto en cinco años! Sin respuesta está la cuestión de que el Estado es el mayor deudor de aportes por ley a las Cajas de Seguro; si cumpliera el Estado, tal vez los servicios médicos mejorarían, ya que no trabaja bien un doctor con gastos vencidos de hijos en colegio.

Es malo madrugar para sacar una ficha en largas filas de “la Caja”, pero ¿qué tal si unos optan por “la Petrolera”; otros sin ser docentes o estudiantes, por el Seguro Social Universitario (SSU)? ¿Cambiará para bien el 60 por ciento de afiliados bolivianos a un seguro médico? ¿Acaso los centros médicos “gratuitos” no cobran, tal vez poco, pero exprimen a los pobres por consultas y remedios?

En lo que respecta a la legitimación de los servicios de yatiris, brujos y chamanes, ojalá que a nadie le pase lo que a un condiscípulo que confió en otro, economista venido a naturista, que trató su próstata infectada de tumorcillo sospechoso con hierbas y “tucuimas” naturales, hasta que el cáncer hizo metástasis y fue demasiado tarde. “Si no puedes hacer el bien, por lo menos no hagas daño”, decía Hipócrates.

Por Winston Estremadoiro