Opinión

11 de agosto de 2017 09:00

Las siamesas Potosí y Sucre


El 6 de Agosto de 2017 se adelantó mi depresión tristona de domingos en que agoniza el asueto que a mí no me toca, exiliado que soy de horarios que esclavizan a las personas a partir del lunes. Untaba mi marraqueta con pasta de hígado, que paté ni qué ocho cuartos de refinada versión francesa por ahí, ni siquiera era de cerdo en el que podría colarse una esferita que me rendiría a la idiotez y la muerte. Aguantaba un espacio radial de canciones del recuerdo que aprecia mi esposa.

Era el cumpleaños 192 de Bolivia. Tocaron “Potosino Soy” y recalé en cavilar que el origen de la patria fue cuando un indio, aterido de frío tal vez, encendió una fogatilla de yareta para calentarse, y vio un hilillo blancuzco que buscaba cauce. Era plata casi pura y le dio nombre a la mole montañosa que desde entonces llaman Sumaj Orkho. Casi dos siglos más tarde, los adoradores de un muñeco de mestizo bigote siguen embutiéndole cigarrillos, adornándole de serpentinas y rociándole misturas y alcohol mientras su bolo de coca les hincha cada vez más el cachete. Quizá les quita miedo y frío, como el tío ancestral que les mira con ojos ciegos, para empezar a hurgar las entrañas de la cornucopia argentífera.

Los más de cuatro mil metros de altura del Cerro Rico no arredraron al amontono de gente hispana y aventureros de diversa laya europea que poblaron laderas vecinas, empecinados en hacer fortuna con el sudor de mitayos secuestrados de aldeas indígenas, práctica heredada de anteriores aborígenes dueños de vidas y haciendas: los Incas. En menos de un siglo la urbe tenía más de 160.000 personas –más gente que París o Londres decían los locales, tal vez viviendo del pasado o para impresionar a los turistas.

Los esclavos indios no habrían de ser parte de la primera rencilla entre los dominantes explotadores, que se distinguían entre ellos como Vicuñas y Vascongados, tal vez ocultando su sangre mezclada con lugareños los unos; los otros presumiendo de una pureza que ignoraba procedencias de una tierra cuarteada por localismos por su geografía; o escarbando más hondo, por ancestros romanos, visigodos y árabes que no perdonaban el botín de vientres femeninos en sus avasallamientos. La fe religiosa de sus nuevos ricos erigió una cuarentena de iglesias y quizá más burdeles, ya que cuando sobra el dinero quitan más el sueño los huecos que las campanas.

Sus pobladores más prósperos mantenían sus socavones en Potosí, a los que habían dotado de agua para las minas en lagunas artificiales que sitiaban el cerro argentífero, pero construyeron mansiones, criaron hijos y compraron linajes pretenciosos en un valle vecino menos agobiado por la altura. La ciudad-refugio llegó a ser la de los cuatro nombres. El primero honraba a sus verdaderos originarios, los aguerridos Charcas, que según algún historiador debería ser el nombre de toda la república. El segundo, La Plata, debía su nombre al argento de origen potosino. Chuquisaca era un nombre autóctono del que no pude traducir los vocablos que la componían, que después habría de ser gentilicio de todo el departamento. Sucre fue el apellido del verdadero padre de la patria, al que honrándolo se lo pusieron a la urbe, quizá poco antes de que en una asonada dejaran tullido su brazo liberador y le abandonaran inerme a la emboscada en que le asesinaron.

Conocida también como Ciudad Blanca por sus casas blanqueadas a cal, más certero e intrigante era el apodo de ciudad de las Siete Patas, que en quechua llamaban así a las colinas vecinas que después de convertirían en zonas o barrios citadinos: Munaypata o Loma del amor (o de los que buscaban sexo con la complicidad de la noche); Ch’arquipata era un lomerío pizarroso y estéril que le hacía seco y arrugado; K´uripata era colina con abundante caña hueca o “chuchío” con los que entretejían tumbados o cielos rasos; Surapata era morro que despertaba nublado por la evaporación de aguas de una vertiente vecina; Alalaypata exponía una zona húmeda y fría por brisa constante; Wayrapata revelaba una loma azotada de viento fuerte; y Q’onchupata yacía en el fondo en lo que hoy es el centro de la ciudad: era colina de basura y corriente de aguas servidas aderezadas con heces.

La Ciudad de los 4 Nombres y 7 Colinas es notable no tanto por ser refugio del frío y la altura potosinos, sino por albergar a la Academia Carolina, creada en 1776 en el marco de las Reformas Borbónicas que restaron poder a los virreyes. Fue también el año de la fundación de los Estados Unidos de América, que de 13 colonias pequeñas remontaría los Apalaches y marcharía hacia el oeste a expensas de México, luego de comprar Luisiana de Francia y anexar La Florida de España.

La Academia Carolina quizá reemplazó a los Jesuitas, cuya hegemonía del saber y la organización social fueran proscritos años antes. Se convirtió en depósito de ideas de la Ilustración y semillero de líderes de varias naciones de hoy. Es motivo de reflexión que la heredad de la Audiencia de Charcas menguó a la mitad, quizá por haber trocado a lo largo de su historia su origen letrado por falsos “procesos de cambio” dominados por ignorantes. Lo prueba contrastar sitios de su mandamás objeto de mofa, con bolivianos en el exterior que destacan por ser inventores y científicos.

Albert Einstein decía que no se debe memorizar lo que se puede consultar. No copiar, digo yo, en estos tiempos en que el saber se esconde detrás de unas teclas. Así pongan vanidosas efigies en “laptops”, anglicismo que nada le debe al ingenio nativo: ¡viva Bolivia!

Por Winston Estremadoiro

Opinión

Noticias