Opinión

17 de febrero de 2017 14:38

El muro de Trump, y el de Macri


Hay mucha tela para cortar sobre el muro que Donald Trump promete edificar entre México y EE.UU. Al fondo está el prejuicio, no quiero decir racismo, de alguien cuyos ancestros ocultaban su origen alemán haciéndose a los suecos. Sin embargo, no es sino un pincho que hace antipático a este demagogo. También sus dardos van dirigidos hacia los musulmanes, donde el fanatismo rancio de regímenes como el de Arabia Saudita, la estridente militancia religioso-ideológica de los extremistas iraníes, las prácticas bárbaras de islamistas africanos contra mujeres y la crueldad en vivo y directo de nuevos soldados de Mahoma –el ISIS– se han unido al tsunami de migrantes hacia Europa y EE.UU, para engendrar de último una paranoia racista étnico-religiosa que coincide con la pérdida de empleos estadounidenses a nuevos inmigrantes, o a inversiones estadounidenses fuera del país. 

Pero no hay duda que el muro septentrional de EE.UU va dirigido a los mexicanos, y por ende, a los latinoamericanos. ¿La decadencia de un país de “do it yourselves”, de gente autosuficiente, no se debe en parte a la profusión de braceros mexicanos, cocineras salvadoreñas, mucamas brasileñas, recepcionistas nicaragüenses, jardineros peruanos, carpinteros venezolanos, secretarias argentinas, choferes haitianos, secretarias argentinas, sirvientes bolivianos, músicos brasileños, pintores (de brocha gorda) guatemaltecos o plomeros colombianos, entre otros?

La migración viene apareada con la coca, que puede ser originaria de Perú y Bolivia, pero después fue liderada por Colombia, que la integró en grande a su guerra interna, y a la cocaína para el mercado estadounidense. Las naciones latinoamericanas se volvieron países de tránsito, además de alguna carambola por otros continentes. 

Por eso intrigó la vinculación del auge del mexicano Joaquín “Chapo” Guzmán a la muerte del colombiano Pablo Escóbar. Guzmán tenía ojo para la tecnología aplicada al narcotráfico, olfato para otras drogas lucrativas, y aprovechar la angurria por el dinero de miles de paisanos residentes en Estados Unidos. ¿Acaso esos tres sentidos no son medulares del “sueño americano”?
 
En un “especial” sobre la vida del “Chapo”, impresionó la alta tecnología de sus túneles, su movida a la heroína y a drogas sintéticas –éxtasis, metanfetaminas, entre otras–, y su mimetismo entre población afín –regla sine qua non de la guerrilla. La gran urbe de Chicago es un ejemplo, donde confluye una gran población mexicana, un buen mercado de consumidores y buena infraestructura de acceso al resto del país. Mientras tanto, el “Chapo” languidece en una cárcel gringa, sin agua ni visita conyugal, dicen. En el futuro quizá sus millones comprarán guardias, abogánsters y alguna reina del sur por ahí. El margen del kilo de nieve a $2.000 en Colombia y $30.000 en el país de las narices voraces ¿no estará tentando a algún pichicatero o cártel por ahí?        

¿Es el “muro de Trump” la solución? Parte considerable ya existe, sin que haya hecho mella en el flujo de migrantes y droga: hay más de 1.000 Km y faltan 2.000 para completar la valla separadora; recuerden que ni guardias con ametralladoras y orden de matar hizo infranqueable el Muro de Berlín. Hace poco el demagogo manifestó su “sorpresa” del que el muro costará más de lo previsto: el doble, casi $22.000 millones. Aunque prometió rebajarlo, como alardea sobre el nuevo avión presidencial y los $700 millones rebajados de los cazas F-35 (un piojo tuerto), su alarde de “rebajar a lo GRANDE” (las mayúsculas son de él), suena a ese “prometer, prometer hasta meter” del populismo. 

Recuerdo la visión argentina como “el único país blanco al sur del Canadá”. Quizá probando que el prejuicio no es exclusivo de un demagogo gringo, se repitieron en un diputado que declaró que quiere un muro con Bolivia. Un Olmedo que no había sido el que hacía reír en su dupla con el gordo Pórcel, sino el hijo del rey de la soja argentina. ¿No será como su Presidente Justo, cuyos intereses en el quebracho chaqueño inclinaron las armas de ése país a favor de Paraguay en la Guerra del Chaco? 

Aunque su Ministra de Seguridad niegue el muro en la frontera, suncha el avispero xenofóbico que se verán “cambios muy importantes tanto en el control tecnológico como en el control humano”, so pretexto de combatir el narcotráfico. Un muro en la frontera argentino-boliviana quizá revelaría tierra a su favor en la línea imaginaria del paralelo 22; o un ducto subterráneo que puede haber succionado petróleo boliviano en Madrejones. Ni hablar de las Malvinas: en la guerra para retomarlas se enlistaron miles de “bolitas”; Bolivia incluso ofreció sus avioncitos regalados para enfrentar Harrier británicos –y F-16 chilenos, de ser necesario.    

Me late que los mandamases binacionales solo tratarán la protección a bolivianos, migración, seguridad e infraestructura fronteriza y esquemas de cooperación bilateral. Sin embargo, bien harían los “cabecitas negras” que proveen verduras al gran Buenos Aires y los esclavos de sus talleres de costura, recordar que su emigración de Bolivia se debió a la pobreza y al mal gobierno, Evo Morales incluido. ¿Qué gobiernos socapan al narcotráfico?, es útil para Trump y para Macri.

Por Winston Estremadoiro

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