Opinión

3 de octubre de 2017 09:35

ESPECIAL SOBRE LA REFORMA: A 500 años de la revolución luterana


El papa León X no era mala persona. Es más, amante de las artes y magnífico mecenas, le debemos la Basílica de San Pedro y la Capilla Sixtina, entre otras.

Pero la Iglesia Católica que encabezaba era para todo propósito una entidad medieval, y sus métodos de recaudación, cuestionables. Cualquier católico actual encontraría intolerable e incomprensible la Iglesia del siglo XVI, pues representaba a un Dios incomprensible, que sólo le hablaba al ser humano para castigarlo y no le ofrecía consuelo ni misericordia. Aquel era, ante todo, un Dios temible.

El feligrés Martín Lutero, hijo de un próspero capataz o patrón de minas de Eisleben, en el entonces reino de Sajonia, al igual que sus contemporáneos devotos, nunca vio una Biblia, y mucho menos leyó una –¡estaba prohibido!–, hasta que, en un momento de angustia moral, a sus 22 años, decidió hacerse monje agustino. Se ordenó sacerdote a los 24 en 1507 y en los siguientes cuatro años se doctoró en teología, convirtiéndose en profesor en la Universidad de Wittemberg, creación mimada de su soberano, el rey Federico el Sabio.

La Gracia

En 1510 Lutero vivía en un periodo de angustia espiritual, a menudo de desesperación, acerca del estado de su alma. Luchaba contra las tentaciones de la carne –no sólo el deseo, sino también el odio y la envidia– y siempre perdía la batalla. Un día, cuando un hermano monje recitaba el Credo, las palabras "creo en el perdón de los pecados” lo golpearon como una revelación. "Sentí como si hubiera renacido”, escribiría más tarde. La fe había descendido a él sin haber hecho nada para merecerla. Su alma enferma había sido sanada.

Era la concesión de la Gracia de Dios. Sin ella, el pecado no puede tener fe ni caminar por el camino de la salvación. Tal sería la substancia no sólo de la futura idea protestante, sino de la (también futura) experiencia protestante.

Al mismo tiempo, la necesidad de dinero del papa León X para su Vaticano exacerbó la venta de indulgencias a los fieles católicos. Las indulgencias eran una especie de cheques de gerencia, certificados por el Papa, "sobre el tesoro de méritos acumulados por los santos”. La creencia popular era que al comprar indulgencias, le permitía al portador acortar su pena en el purgatorio, o la de un pariente o una amistad.

Pero la revelación le había dicho a Lutero que el único tesoro de la Iglesia era el Evangelio. Y como él, muchos creían en la verdadera piedad y querían adorar sinceramente, sin tener que "comprar” su entrada al cielo. De modo que el 31 de octubre de 1517 clavó sus 95 tesis o propuestas en la puerta de la iglesia de Wittemberg. Contra lo que se cree, ese no fue el acto revolucionario. Ni siquiera rebelde. Clavar propuestas en la puerta de la iglesia era una práctica común de los clérigos para comenzar un debate. El equivalente actual sería publicar un artículo provocador en un "journal” especializado.

Lo que Lutero hizo después es lo importante: le envió sus tesis al arzobispo de Maguncia, un sujeto desagradable de 27 años, el principal beneficiario de las indulgencias en Alemania. Como no recibió respuesta, le envió sus 95 tesis al Papa. Éste entregó el documento a la burocracia clerical, que se tomaría su tiempo en buscar posibles herejías.

Pero a la vez Lutero había hecho copias de sus tesis y las había enviado a amigos, quienes a su vez las copiaron y las volvieron a pasar a otros amigos. Pronto, Lutero tuvo la incómoda sorpresa de recibir sus propios escritos, impresos, desde el sur de Alemania.

Cualquier esperanza de Lutero en una reforma se hubiera ido a pique, como muchos otros intentos en los 200 años previos, si no hubiera sido por la invención de la imprenta, unos 40 años antes.

¿Qué exactamente, buscaba Lutero con su insistencia? La tesis correspondiente decía que "el cristiano que tiene verdadero arrepentimiento ya ha recibido el perdón de Dios, completamente aparte de la indulgencia, de modo que ya no la necesita”.

Acceso directo a Dios

El fraile agustino no se quedaría a esperar una respuesta del Papa. Entretanto, la revelación de la Gracia lo llevó a otra idea simplificadora: "cada hombre es un sacerdote”. No es "otro Cristo”, como lo pone la ordenación sacerdotal católica, pero no necesita a la jerarquía romana como intermediaria. El cristiano tiene acceso directo a Dios. Y para hacer su propuesta absoluta, Lutero agregó el principio que llamó "de libertad cristiana”: "un cristiano es un señor perfectamente libre, no es súbdito de nadie”.

Ambas propuestas, divulgadas a los alemanes en alemán, sólo podían significar un nuevo modo de vida, en un tiempo en que la vida giraba en torno de la religión. Ante tales incentivos, el campesinado se radicalizó y rebeló con graves consecuencias. Lutero se vio obligado a matizar:
 
"Un cristiano es un sirviente perfectamente obediente de todos, súbdito de todos”. Ello impulsó entre sus adherentes un fuerte sentimiento de servicio a la comunidad.

El enemigo

La Bula Papal llegó a Wittemberg tres años después. Condenaba 41 de las 95 tesis y amenazaba a Lutero con la excomunión. Ante el deleite de sus estudiantes, éste la quemó públicamente. Su revolución incipiente había identificado un enemigo: no la religión católica ni sus fieles, sino el Pontífice, sus funcionarios, sus supersticiones y paganismo.

Fue convocado a declarar. Eran tiempos de la Inquisición. Federico intercedió para que su declaración fuera tomada en suelo alemán, en la Dieta Imperial de Worms y no en Roma. El nombre en alemán es bastante más impresionante: Reichstag zu Worms.

Una vez allí, conminado a retractarse de sus ya 25 libros publicados ante el emperador Carlos V en persona, Lutero pidió un día para reflexionar. Al día siguiente, 18 de abril de 1521, tras haber pasado la noche orando, Lutero le enseñó al mundo su talla moral: "A menos que se me desmienta mediante las sagradas escrituras, estoy sometido a mi conciencia y a la palabra de Dios. Por eso no me retracto. Porque actuar en contra de la conciencia es penoso, malsano y peligroso. Aquí estoy. No puedo obrar de otra manera. ¡Que Dios me ayude! Amén”.

Don Carlos respondió que "Me arrepiento de haber dudado tanto tiempo y de no haber tomado medidas contra Lutero y sus falsas enseñanzas. Ahora estoy firmemente decidido a ya no escucharlo y a proceder contra él como contra un hereje notorio”. La sentencia de muerte en la hoguera era inminente.

Mientras Lutero regresaba a Wittemberg, fue secuestrado –en realidad rescatado– por los hombres de Federico, y escondido y protegido en el castillo de Wartburg.

Obra

En esa clandestinidad, en el siguiente año Lutero tradujo la Biblia al alemán, a un alemán adaptado de los diferentes dialectos y perfeccionado por Lutero para su comprensión en todas las tierras alemanas. Así inventó el alemán moderno, lo cual es otra muestra de su talla intelectual. La primera edición de su Biblia traducida se difundió en septiembre de 1522. Ese mismo año se imprimieron 14 versiones en alemán y cuatro en holandés.

Desde 1517, Lutero compuso un libro cada quincena. A su muerte, había escrito más de cien volúmenes. De ellos, sólo 55 se tradujeron al inglés y muchos menos al español. Sólo sus 30 escritos iniciales, fechados entre 1517 y 1520, sumaron 300 mil ejemplares. Sus principales obras vieron veintenas de ediciones. Además escribió 4.300 cartas a artistas, humanistas, otros reformistas y un príncipe.

La iniciada por Lutero fue más que una mera revolución religiosa, pues planteó el tema de la libertad y diversidad de opinión, tanto como la de la fe; fomentó nuevos sentimientos sobre el "carácter de nación”; elevó el estatus de las lenguas vernáculas; cambió las actitudes hacia el trabajo, el arte y los defectos humanos, aunque también le privó a Occidente de su ancestral sentimiento de unidad y origen común. Con todo, la última intención de Lutero hubiera sido la ruptura de su Iglesia, la Católica. Pero la difusión de las diversas ramas del protestantismo por el norte de Europa y la emigración a ultramar llevó a una extraordinaria ampliación del significado de Occidente y del poder de su civilización.

La Contrarreforma

La Iglesia Católica respondió con la Contrarreforma, que fue en esencia un encierro sobre sí misma, y que aisló, ante todo, a la América hispana. Pero quizás, incluso en eso, debemos agradecerle a Lutero la existencia de la Compañía de Jesús, que se creó, entre otros objetivos más nobles, para contrarrestar sus ideas, pero con un espíritu semejante al suyo.

Por último, la actual Iglesia Católica se parece mucho más a la Iglesia que deseaba Lutero, que a la Iglesia vendedora de indulgencias. A la actual Iglesia, aquel Lutero quizás no hubiera querido reformarla.

Robert Brockmann es periodista y escritor.