Opinión

9 de enero de 2017 10:54

POR EL BAUTISMO RENACEMOS CON JESÚS


Posiblemente muchas personas que siguen el calendario litúrgico de la Iglesia Católica se extrañen de que el llamado tiempo de Navidad, que comenzó el 25 de diciembre, se cierre abruptamente en la primera quincena de enero con la fiesta del Bautismo de Jesús. Notemos, además, que Jesús no fue bautizado siendo niño, tal como hoy se acostumbra en la mayoría de las familias católicas, sino cuando era adulto al menos con treinta años.

Obviamente el calendario anual de la Iglesia no pretende seguir los tiempos reales de la vida de Jesús, lo cual sería imposible. El ciclo de Navidad comprende el nacimiento de Jesús, la adoración de los sabios magos del Oriente (celebrada el 6 de enero) y la persecución del cruel Herodes (28 de enero) que obligó a la Sagrada Familia a huir ir a Egipto, donde permaneció gran parte de su niñez, hasta su regreso a Nazaret a la muerte de Herodes. El tiempo navideño culmina con el bautismo de Jesús donde inicia su vida pública de predicación mesiánica.

A primera vista parecería mejor alargar el tiempo de Navidad hasta la fiesta de la presentación del Niño Jesús, coincidiendo con la fiesta de la purificación de la Virgen María en el templo de Jerusalén, a los 40 días de su nacimiento, que la Iglesia Católica celebra el 2 de febrero. Pero se ha preferido terminar el ciclo navideño con el bautismo de Jesús a mediados de enero.

Esa preferencia tiene una razón teológica, porque la adoración de los sabios magos, la celebración del bautismo de Jesús y también la transformación que Él hizo del agua en vino en las bodas de Caná, son consideradas como la “epifanía”, término griego que significa “manifestación solemne” de la naturaleza divina de Jesús. Con ello la Iglesia quiere resaltar que Jesús, aunque era verdaderamente el Hijo de Dios, tanto en su nacimiento como a lo largo de su vida terrena apareció como un hombre pobre y humilde que no buscaba ni riquezas, ni fama, ni honores.

El bautismo de Jesús no fue simplemente el lavado para la remisión de los pecados que Juan el Bautista realizaba con la gente en el río Jordán. Jesús no cometió pecado pero asumió ser el Cordero de Dios que cargó con los pecados del mundo y se sometió a la justicia divina. Pero Dios Padre quiso revelar que Jesús era su Hijo en el bautismo. Tal como se narra en el evangelio, al ser bautizado Jesús se oyó la voz del Espíritu (Rúaj), manifestada en forma de paloma, que anuncia: “Éste es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco” (Mc 1, 11, par.).

Jesús mismo manifiesta su experiencia filial pocos días después en su conversación con el magistrado judío Nicodemo: “El que no renazca del agua y de la Rúaj (Espíritu) no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 5). Ante la incapacidad de su interlocutor para comprender el misterio de la Rúaj Madre con el peligro de malentenderlo, Jesús optó por mantener en su predicación pública un silencio pedagógico que romperá al final de su vida en la última cena con sus apóstoles.

Este renacer de Jesús de la Madre celestial en el bautismo explica por qué en su vida pública no otorgó a la Virgen María el apelativo de “Madre” sino que la llama “Mujer” como hizo en las bodas de Caná: “Mujer, ¿qué entre tú y yo?” (Jn 2, 5). Con esta frase Jesús marca una cierta distancia con la Virgen, que sólo se romperá en la crucifixión. Allí Jesús, al ver a María desolada al pie de la cruz, le otorga una nueva identidad esponsal y maternal: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). De esa manera Jesús asocia a María, como la Nueva Eva, Corredentora, con Él mismo como el “Nuevo Adán”, el Redentor. De esta unión mística esponsal brota la Iglesia, representada en el hijo Juan.

Por ello al recibir el bautismo renacemos como hijos en la familia de la Iglesia. Con ello estamos destinados a vivir una hermandad ecuménica con todos los creyentes en Jesús. De esta manera se entiende mejor por qué la fiesta del bautismo de Jesús culmina el tiempo de la Navidad, completando el nacimiento de Jesús, con su renacer de la Rúaj Santa en el río Jordán, manifestando públicamente su filiación divina en el seno de la Familia Trinitaria.

La fiesta del bautismo de Jesús tiene, pues, un carácter revelatorio, manifestándose Jesús como el Primogénito de todos los creyentes. Él ha querido que en adelante el bautismo en la Iglesia no sólo sea el lavado de los pecados, sino también el renacimiento a una nueva identidad, insertados con Jesús en la Familia Trinitaria. De aquí la importancia del bautismo por el cual nos hacemos hijos en el Hijo. Se trata de una nueva filiación de la que brota la fraternidad de todos los bautizados, proyectada también a toda la familia humana como fundamento y camino de la verdadera paz.

Por Miguel Manzanera, S.J.