Opinión

24 de julio de 2017 09:13

Nosotros, los pequeños Trumps


Vivimos tiempos en que dudamos, con sobradas pruebas, de lo que lo político nos ofrece a diario en la coyuntura, esa sospecha que se traduce hoy en desconfianza lamentablemente no se transforma luego en la búsqueda de la verdad, tampoco diré de la mentira, sino de dos aspectos como son los hechos alternativos y la banalización de lo público, que me parecen que cada vez nos hacen más daño como sociedad.

Esa banalización de lo público tiene a mi entender algo que ver con aquella idea de que concebimos como masa que nuestra función pública no es gobernar ni ser co responsables de las decisiones públicas, suficiente con dar mi apoyo en elecciones, ahora que hagan su trabajo, y si cometen un error pues no hay tiempo para detenerse y reflexionar sobre nada, urge denunciarlo en nuestras redes sociales porque lo progre indica que así debe ser.

Así entonces poco, muy poco hacemos por construir verdaderos sujetos democráticos, vivimos sometidos a una especie de guerra entre medios de comunicación, donde incluso nosotros mismos nos creemos ser el medio de comunicación. Sigo con este alegato que a muchos entusiastas denunciadores del amarillismo en las redes seguro les parece pesimismo, esos a quienes los quiero llamar como Safranski reciéntemente los bautizó como vagabundos mediales: alguien que goza de información global y de elevada motivación moral, pero que en sentido propio no tiene idea de nada.

La respuesta que emerge cuando se critica esta suerte de banalización de lo público, es que en democracia hoy existen múltiples formas de ver las cosas, pero no esas formas de verlas en función de argumentos sólidos y que inviten al debate, sino en base a la idea de que uno tiene su opinión y del otro puede ser distinta pero es que al final son hechos alternativos, y manifestar disenso al respecto es señalado a partir de epítetos nobles para quienes están de acuerdo conmigo (los que me ponen me gusta) y señalar duramente a quienes se manifiestan contrarios a lo que digo.

Ajustamos la realidad de acuerdo a nuestros fines políticos, y en esa acción de ajuste lo que hoy se evidencia en mayor cantidad es que nos viene mejor denunciar posibles teorías de la conspiración alrededor de algún escándalo, buscamos hasta el último escondrijo las relaciones sociales que tienen quienes se encuentran involucrados en algún caso porque desde pequeños nos enseñaron ese adagio del dime con quién andas y te diré quién eres.

Pero lo que no queremos recordar es que también nos enseñaron que es muy fácil dar muerte civil a las personas y más difícil restituirlos en caso de que sean inocentes o no sean del todo culpables de algo. No vemos por ejemplo que en el caso de cierta juez cuyo video circula en las redes donde se pone a una víctima frente a su supuesto agresor, que antes de eso hubieron una serie de sucesos que son muy propios de nuestra realidad.

Como que la familia de la víctima vive en La Paz y el desplazarse hasta Santa Cruz le representa siempre un gasto, que por una u otra razón las audiencias judiciales se suspenden, que la única cámara gesell que tiene ese juzgado tiene una lista de espera de cuatro meses, que uno de los últimos pasos para que la jueza dicte sentencia era justamente esa especie de careo (perdonarán que no soy abogado), y por eso para no dilatar más el proceso la jueza pidió que la sala sea abandonada por todos menos la víctima y el acusado, que un avezado periodista se trepó por la pared para filmar eso e inmediatamente colgar en redes aquello que a todos nos pareció cuando menos una triste escena; y que como resultado de aquello el supuesto agresor quedó en libertad porque el juicio se anuló. 

¿Se dan cuenta como yo que hay cuestiones más complejas que el video solamente?, es decir, más allá de hechos alternativos y del morbo de ver un video de ese calado, no nos detenemos un instante siquiera a reflexionar al respecto y sembrar eso que es muy importante para cultivar un espíritu crítico que es la duda, en ese momento somos jueces y dictamos sentencia.

Un viejo amigo, de edad y de tiempo de conocerlo, decía que nosotros siempre andamos entusiasmados por buscar implementar una idea de democracia que va en el siguiente orden: la búsqueda de la cohesión social con una elevada capacidad de movilización social, un terreno perfecto para que broten prácticas y expresiones conservadoras y autoritarias como son el consenso compulsivo, el rechazo del espíritu crítico y no el respeto a un disenso creador. Los hechos de las últimas semanas parecen darle la razón y cada vez me quedan menos argumentos para defenderme cuando nos veamos otra vez, creo que en vez de ofrecerle café pasaremos al alcohol muy pronto.

Marcelo Arequipa Azurduy
Politólogo y docente universitario

Opinión

Noticias