Opinión

3 de julio de 2017 12:42

Mirada al pasado


Cuando llegué de Chile en febrero de 1964, todavía gobernaba el MNR y el Dr. Paz transitaba por su alicaído tercer período. Mi padre estaba exiliado en Chile, pero ya se notaba descontento civil y militar en el país. Ingresé a la Facultad de Derecho de la UGRM, y con 19 años encontré compañeros de toda edad y tendencia, con una gran mayoría opositora al Gobierno, como sucede con los insurgentes universitarios generalmente. Recuerdo a Peter Levy, Guillermo Capobianco, Ciro Sánchez, Mario Serrate Ruíz, Álgel Candia, al “chato” Quezada, Mario Lilienfield, y, en fin, a otros, que escribiendo sobre la marcha se me escapan a la memoria.

Pero lo importante es que Santa Cruz y Bolivia entera olían a pólvora en esos primeros meses de 1964. “Chaplín” Mayser, Carlos Valverde Barbery, Oscar “Pico” Bello y su hermano “Tojo”, Mario Franco, y otros falangistas sin miedo habían iniciado la guerrilla en el Alto Paraguá, y aunque los enfrentamientos con el Ejército no eran  mortíferos como en Ñancahuazú o Teoponte, se sabía de algunas emboscadas y de bajas, aunque todas eran versiones no oficiales. Hasta que una mañana, desayunando en casa de mi abuela Rogelia, oí gritar a una de mis tías: “cayó el Mono, cayó el Mono”. Había concluido el largo régimen movimientista.

Los años anteriores los pasé estudiando la secundaria en Chile porque allí vivíamos con mis padres y hermanos. Estuve cinco años en un internado fiscal de muy buena reputación, el “Barros Arana”, nutrido de profesores socialistas y radicales, donde mi padre consiguió una media beca para mí. Por entonces, cuando en la familia llegar a fin de mes sin apuros era toda una odisea, la media beca servía mucho. Luego sería mi hermano Julio quien seguiría mis pasos en ese internado estricto donde se pasaba frío y donde aprendí a comer porotos, lentejas y garbanzos, al extremo que hoy no puedo pasar sin ellos. Pero, además, donde a partir de las seis de la tarde hasta la hora de la cena se me hizo costumbre instalarme en la nutrida biblioteca porque no había nada más qué hacer, pasado el obligado gimnasio. Entonces leí a Arguedas, Costa Du Rels, Botelho Gozávez, Céspedes, Medinaceli, y por supuesto a los autores que nos exigía el curso de literatura chilena o de historia universal. Nunca leí tanto como en aquellos años y lo agradezco.

Con frecuencia recuerdo a los bolivianos que vivían por entonces el exilio en Chile y lo repito siempre. A Roberto Prudencio, desde luego, porque para mí fue un maestro incomparable, brillantísimo y siempre sobrecogedor y amigo pese a la diferencia de edad. Y luego, a viejos políticos “rosqueros”, amigos de papá y de mi madre, como don Alberto Ostria Gutiérrez, seguramente el diplomático más destacado de Bolivia durante el siglo pasado; don Luis Fernando Guachalla, gran señor, político y diplomático; Pedro Zilvetti Arce, inteligente y tenaz; el ingenioso general David Toro, don Héctor Ormachea Zalles, además de personalidades como el tan recordado Jorge Siles Salinas, don Humberto Palza, el queridísimo José Saavedra Suárez, mi tío y gran novelista Enrique Kempff Mercado, mi otro tío cariñoso Carlos Grandchant, el entrañable y extrañado Alfredo Arana Urioste, los Bascón, Huici, Querejazu, Pacheco, todo un “ghetto” boliviano, una colonia unida en la adversidad, que desde 1957 vaticinaba que ese ya sería el último año del MNR y el final de la diáspora. 

La vida era muy complicada para los exiliados en Chile, como para los que están en el destierro en cualquier parte del mundo. Por entonces no existía el concepto del refugiado a quien se ayuda y se acoge ofreciéndole techo y trabajo. Eso surge a partir de los años 70 a raíz de las dictaduras militares. Lo de los derechos humanos era un hermoso postulado universal instalado en Naciones Unidas, pero jamás respetado en Bolivia, donde las palizas y los confinamientos estaban a la orden del día. Por lo tanto había que olvidarse del pronto retorno a la patria que vaticinaban los optimistas y por tanto todos debían ponerse a trabajar intensamente para sobrevivir. 

Mi padre, que había pasado dos años de exilio en Brasil, llegó a Santiago en 1955, y fue catedrático en la Universidad de Chile, donde dictó Introducción a la Filosofía e Historia de la Cultura. Pero por las necesidades cotidianas debió ser también profesor visitante en la Universidad de Concepción, viajando a esa lejana ciudad dos veces al mes. En Chile publicó su Historia de la Filosofía en Latinoamérica, Introducción a la Antropología Filosófica, ¿Cuándo Valen los Valores? Y Filosofía del Amor, editada más tarde, obra que apenas llegó a ver el año 1974, cuando falleció.

Esta es una rápida mirada a mi pasado joven, breve como exigen las páginas de los periódicos, pero que con la tolerancia del público lector, escribiremos de vez en cuando, porque las cosas de Bolivia hay que verlas y entenderlas desde diversas perspectivas, ya que cada quien tiene algo que contar desde el poder y desde el exilio. 

Por Manfredo Kempff

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