Opinión

11 de febrero de 2017 16:04

La Paz Sedienta


Pregunta una colega cómo es sobrevivir en la sede de gobierno sin agua, con agua de rato en rato o con agua por algunas horas. Parecería que todavía el gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) no asume la estocada que ha dado a miles de habitantes, después de los otros estropicios como el teleférico sobre las avenidas otrora arboladas; la torre de babel ensombreciendo la plaza mayor; los edificios sin jardineras de nuevas áreas burocráticas y el cierre por meses del centro citadino.

Pregunté a los ancianos si se acordaban de alguna vez con tanta escasez de acceso al agua afectando a tres cuartas partes de la Ciudad Maravilla y aún a municipios aledaños, como Mecapaca. Quizá la memoria es frágil o quizá porque preferimos olvidar aquello que fue amargo, pero no encontré a nadie que me cuente cómo fue “aquella vez” en los años republicanos cuando los hogares habrían estado sedientos.

Tengo una sola referencia, de hace un siglo, gracias a la gentileza del Archivo de la Fundación Flavio Machicado. Es una nota de “La Razón” del 11 de noviembre de 1926 que informa que todo el barrio de Sopocachi se quedó sin gota de agua. Curiosamente, el articulista comenta que aquello afectó a la “oligarquía” y se burla: “aristocracia sin higuiene”.

Un siglo después, “culitos blancos”, mestizos en las laderas, comunarios, amanecieron un buen día con los grifos secos. La catástrofe no ha sido suficientemente reflejada por los medios de comunicación, ni escritos ni audiovisuales. Pero el ciudadano ha vivido, aún padece y todo indica que padecerá el 2017 un calvario oloroso por ese corte no advertido por la “antipaceña” ex ministra.

Por ejemplo, en las heladerías muy famosas, por semanas los papás tenían que sudar avergonzados mientras tiraban agua en bidodes a los desechos de sus hijitos después de la comilona. Me pasó en una cafetería chic encontrar un letrerito disimulado: “haga el uno y por favor no haga el dos porque no tenemos agua”. Un barril recién comprado ofrecía una solución parcial.

Hace sólo una semana, en un restaurant, una cisterna cargaba agua a su tanque y la dueña se apresuró a asegurar a los comensales que el agua de la sopa y del jugo era de marca. Los dueños de hoteles y locales gastronómicos se han debido acomodar a subir sus costos en cifras que todavía no saben cuánto les impactará. No sólo porque compran agua embotellada sino porque en más de un lugar tienen que servir en vasos de plástico desechable.

Ningún gobierno desde 1809 había afectado tanto a los pobladores paceños.

Por Lupe Cajías