Opinión

8 de septiembre de 2017 11:36

Besos en el Montículo


En ningún lugar de la ciudad se siente tanto la llegada de la primavera como en El Montículo, el parque de los enamorados que desde hace un siglo es testigo de todo tipo de arrumacos.

El Observatorio Astronómico en Tarija explica el significado científico del paso de las estaciones y del próximo fenómeno entre el 22 y 23 de septiembre. Yo no sé cómo ese macrocosmo lejano se traduce en el microcosmos de los labios. Sólo sé que desde el inicio del mes hasta las palomas están alborotadas, más aún ahora con luna llena. Son asuntos esenciales, atávicos, que parece que nunca cambian; lo que pesa es nuestra percepción sobre ellos. Así veo desde que habito la colina más hermosa de La Paz.

Recuerdo mis siete años, junto a mis hermanas y a mis primas, apostadas cerca del reloj del parque, para escondernos y divisar los abrazos y besos de las parejas que aprovechaban las brumas y el follaje para esconder su amor. Nosotras les tirábamos cocos de los eucaliptos, entre risitas nerviosas, no tanto porque nos podían pescar sino porque presenciábamos algo que intuíamos todavía prohibido.

En la adolescencia intercambiábamos sorpresas. Seguían los puntos de espionaje, pero ya con algunos objetivos específicos como descubrir que la chica del frente se dejaba besar; o, más triste, confirmar que el chico que nos gustaba tenía otra pareja. Aún más dramático, cuando a una de nosotras le tocaba esconderse pues ese chango estrenaba nuestra boca en la glorieta o en el bosquecillo de retamas.

Más tarde aprendimos a ser indiferentes. Tantas parejas, tantos besos. El parque era más la cita diurna para disfrutar con los hijos, con la ventaja de ser mamás chapadas a la antigua que se sentaban en los bancos pueblerinos en vez de ser jefas en una oficina.

Desde mi ventana, donde escribo, vi y veo desfilar tantos enamorados, tantos colegiales chachones, tantas esperas de una muchacha, del joven con sus globos y la complicidad del amigo para que ella llegue sin sospechar que detrás del árbol está él con su enorme letrero: Te amo.

Ninguna pareja tan hermosa como la más clandestina, ella más de sesenta, él casi 50, oficinista. Ella, de zapatos blancos, llega puntual al mediodía con una cesta de comida. Se sientan en la banqueta mirando al sur, comen, charlan, él le da un beso rápido y se va.

Ahora está de moda tomarse fotos con un celular, estirando las getas para que las bocas se toquen. Últimamente llegan grupos de chicas, dos de ellas se besan ante el aplauso de las amigas. Viejos rituales, otros juegos, nuevos besos.

Por Lupe Cajías