Opinión

23 de diciembre de 2016 11:32

Ahora entiendo su puño


La palabra, decía el sabio Huáscar Cajías, es lo más sagrado que tiene el ser humano. Es lo único que podemos controlar, aún en medio de tempestades. Por ello hay tantas manifestaciones en todas las culturas y en todos los tiempos: “te doy mi palabra”; “te doy mi palabra de honor”; “te prometo”; “juro”; jurar por Dios, por mi madre, por mis creencias, por lo más sagrado que tengo en la vida.

Es tan importante la palabra que la cábala que intenta descifrar el misterio del mundo estudia las letras, sus significados y alcances y cómo forman vocablos tan inconmensurables que ni se pueden repetir en voz alta. Para los cristianos, el momento sublime- que celebramos en estos días- es cuando el Verbo se hace carne. La plegaria, ese contacto con lo divino, se da a través de la Oración.

En el día a día, cada uno puede experimentar el valor de su palabra. Por ejemplo con la puntualidad. Si dices que llegarás alrededor de las tres de la tarde, abres un espacio que puede ser minutos más o minutos menos, o más largo, pero estás de alguna forma protegiendo tu compromiso. Si dices: llegaré a las tres de la tarde, tienes que emplear tu voluntad para vencer cualquier trancón o incidente y mantener impoluta tu promesa y llegar a las tres.

Felipe Quispe defendía ardorosamente la actitud que asumen los aymaras cuando dan su palabra. En el campo, aún sin reloj, llega el amigo que anunció su arribo al amanecer. Él era el primero en ocupar su banca en mis clases de historia, el horario aymara era más fuerte que las presiones que sufría esos años de rebeldía.

Más allá de entuertos leguleyos; más allá del respeto a las leyes que se han aprobado desde hace milenios para mejorar la convivencia entre los humanos- igual que las reglas del fútbol o las normas para tener aviones-; más allá de admitir que éstas molestan y hay que “meterle nomás”, el empeño de Evo Morales y de Álvaro García Linera y compañía por aferrarse al poder es una falta total de ética.

Ahora entiendo por qué ellos, sus parlamentarios, ministros, viceministros, contralores, magistrados, tribunos, juran con el puño izquierdo en alto. Porque ese gesto es –había sido- sólo una burla, una seña de titiritero ante un público infantil o idiotizado.

Al inicio del año escribí que la gran derrota del MAS no estaba en los muchos proyectos fallidos- incluyendo el proyecto de consolidar la nación boliviana- sino en el factor humano, el prestigio que no se compra ni se alquila. No tienen palabra, que es lo mismo que decir que no tienen honor ni decoro personal.

Lupe Cajías es periodista.