Opinión

4 de octubre de 2017 10:48

La actitud de Jesús ante las comidas


El Reino de Dios fue el centro de la predicación de Jesús. Quizá en boca de un maestro judío como Jesús, podría haberse esperado que hablara de Dios o de su propia persona y hasta poner cierto énfasis en la explicación de la ley. Pero no. Jesús anuncia el Reino de Dios (Mc 1, 15; Mt 12, 28; Lc 17, 20). Esta afirmación de la presencia del Reino Dios, queda claro, está teniendo lugar en la persona de Jesús y su actuación. Esta actuación de Jesús muestra cómo Dios está presente de una manera nueva. No hay duda de que un elemento central de la predicación del reino por Jesús, es su actitud ante las comidas con las distintas personas y contextos en los que él está presente. Por esa razón, la imagen más cercana al reino es la de un banquete (Mt 8, 11-12; 22, 1-4; Lc 14, 15-24).

Jesús y las comidas es un tema recurrente en los escritos del Nuevo Testamento. Pero, de una manera particular aparece en el evangelio de Lucas. Pues, Jesús come en contextos diversos y con comensales diferentes. Unas veces es invitado y otras anfitrión. Si bien, como dice Lévi-Strauss de que «el comer es el alma de toda cultura», pues esto conlleva una serie de normas que cumplen una función central en toda sociedad; por tanto, hoy deberíamos cuestionarnos qué¸ dónde y cómo comen los pobres. Y asimismo los ricos. Como aparece en el evangelio de Lucas, Jesús se sienta a comer con tres grupos claramente diferenciados: pecadores y publicanos, fariseos y sus discípulos.

Para Jesús, el hecho de comer con pecadores y publicanos, en primer lugar, provocó reacciones escandalizadas y extrañadas, porque esta actitud cuestionaba la pureza, norma que cohesionaba toda una cultura. En el banquete en casa de Leví (Lc 5, 27-35), la conversación gira en torno al problema de con quién se puede comer y cuando hay que ayunar y el lugar para hacerlo. Aquí, Lucas, resalta la importancia de la transgresión de la norma de parte de Jesús y la comunidad cristiana, que manifestaba su carácter inclusivo.

Lucas presenta tres escenas en la que Jesús entra a comer en casa de un fariseo (Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). En todas se desarrolla una conversación de sobremesa; Jesús se muestra polémico con su anfitrión y sus invitados. Aparece en esta sección uno de los textos más bellos del evangelio: Jesús y la pecadora, en el banquete en casa del fariseo Simón (7, 36-50). En este pasaje Jesús es visto como un maestro y profeta; pero, el momento en que se deja tocar por la mujer pecadora, rompe las normas de pureza que mantiene a flote las relaciones sociales. En la perícopa (Lc 11, 37-54) Jesús muestra el camino que lleva de la pureza ritual a la solidaridad social. Es decir, se da un paso fundamental de la preocupación por lo exterior hacia la moral.

En las comidas con sus discípulos, la enseñanza de Jesús, subvierte los valores establecidos de su sociedad por los del Reino. Aparece, sobre todo, como una invitación a seguir un estilo de vida, la vida del maestro. Este es el momento más importante, íntimo y difícil, de la enseñanza de Jesús. En la cena de despedida (Lc 22, 14-38), Jesús revela de manera expresa, que es la última vez que come y bebe con sus amigos antes de su muerte, al mismo tiempo remite al banquete escatológico: el Reino. Esta enseñanza de Jesús hacia sus discípulos es absolutamente radical: deben ser servidores a pesar de ocupar un lugar de honor. Finalmente, la comida en Emaús (Lc 24, 13-35); en este pasaje, Jesús toma el lugar del forastero, el extraño, pero, que es reconocido por sus discípulos a través de la acogida. De este modo, quien es reconocido pasa de ser un extraño a ser huésped, y por tanto, anfitrión.

La frecuencia con la que Jesús se acercaba a comer y beber, establece la novedad de que compartir la mesa y comer juntos es participar de la vida en todo su esplendor. Por eso las escenas en las que Jesús se muestra compartiendo las comidas trasluce la presencia de Dios, un Dios humano, que promete un futuro mejor para toda la humanidad. Estamos llamados a compartir la mesa, la comida, sea mucha o poca, con todos, pero sobre todo con los que menos tienen. En un mundo como el nuestro, donde el hambre de millones de personas es un flagelo, no podemos pasar por alto, la pregunta de qué, dónde y cómo comen los pobres. Dios está presente en la mesa compartida del pobre.

Por Iván Castro Aruzamen