Opinión

11 de octubre de 2017 16:59

¿Son la religión y la ciencia irreconciliables? (Parte I)


El hombre que escribe sobre materias de religión no debe contar con el beneplácito de quienes le leen, hasta el punto de estar expuesto a un criticismo cada vez mayor por decir cosas contrarias a la razón natural, ya que su afán es precisamente ganar crédito entre las personas que tienen más luces que piedad que entre las que tienen más piedad que luces. Habiendo esto dicho, continuemos.

¿Existe una contradicción insuperable y evidente entre religión y ciencia? El problema, o sea, la respuesta a esa pregunta, es en verdad cuando menos difícil. Hay un torrente de preguntas que preceden a esa cuestión, y el solo razonamiento sobre ellas nos tomaría decenas y decenas de párrafos introductorios. Pero aquí trataremos de responderla de una manera directa y sin muchos ambages.

Existe algo en casi todas las religiones como un factor común y transversal: el símbolo. Éste es asaz extravagante, desmesurado y a veces fantasioso. El símbolo es una figura que, aunque a veces supina, es de veras valorable, porque, si se lo estudia a profundidad, se sabe que también es fruto de una inteligencia apreciable. Es como una especie de crisol donde se funde lo que se quiere dar a conocer y que es muy esotérico o demasiado increíble; funde, pues, la materia bruta e indigestible para entregarla en líquido y con dulzor. Hay cosas en la metafísica (entiéndase este término como más allá de lo físico) tan inconmensurablemente extraordinarias, que nadie o muy pocos las podrían concebir en sus mentes limitadas; algo así como la infinitud del universo. Por eso existe el símbolo, y su importancia está contenida en él mismo.

¿Hay nimiedad en la religión? Puede que sí, pero por una razón. Los que escribieron sobre ella quisieron, en general, poner al ser humano frente a la magnificencia de la naturaleza, tan vasta y descomunal, con un elemento de abstracción que le permitiese digerir sus valores con mayor facilidad. De ahí las epopeyas y los mitos, por ejemplo. Y es aquí donde religión y ciencia entran en gran conflicto. Esto sucede cuando tal conjunto de ideas religiosas contiene afirmaciones que, por su dogmatismo, entran en brega con la racionalidad, y cuando los postulados religiosos, por ser supinos, son inverosímiles en comparación con lo fáctico.

Entonces, hasta aquí, tenemos que, para preservarse la religión de los ataques —muy fundados a veces— de la ciencia, debe hacer una suerte de catarsis, y liberarse de todo lo craso y, en su caso, explicar sus símbolos, que quizá sean la misma ciencia pero en diferente lenguaje. Respecto a lo supino o craso o nimio, débese decir que hay cosas que son innecesarias, ciertamente, pero abordaremos este asunto luego. Sigamos con nuestros razonamientos.

Al considerar las diferentes religiones, parecería que todas estuvieran vestidas con los mismos ornamentos. Si se despojasen de sus mitos, os aseguro que no difieren mucho de lo que dicen la Relatividad, la medicina hipocrática y la mecánica cuántica de Bohr en sus mayores generalidades. Y esto no debe sorprendernos, porque ¡nada que honrase la falsedad, la aberración y el fraude hubiera podido subsistir por mucho tiempo! ¡Y las religiones —yo diría todas las cosas metafísicas y eximias— están muy lejos de morir de inanición!

Hay en la Biblia, por ejemplo, aparte de los enunciados patéticos (pathos) concernientes al sufrimiento y la felicidad, cosas trascendentales y profundas que no han entregado su mensaje aún y que eventualmente, cuando se las analice desde la óptica de la ciencia, cobrarán su debida importancia.

Hay cosas en las que la ciencia no puede resolver la ecuación de la vida. La Relatividad no podría jamás decidir una importante disyuntiva moral.

Seguiremos abordando estas cuestiones apasionantes la semana próxima.

Ignacio Vera Rada es estudiante de latín en la Universidad de Salamanca
Twitter: @ignaciov941