Opinión

4 de octubre de 2017 10:43

El Misterio teológico


EL MISTERIO TEOLÓGICO

La ciencia está todavía por hallar un lago que no ha abrumado el mar de los números. El cielo es un gran interrogante que espera nuestra contestación. La monarquía del sol y el principado de las tinieblas no lo pueden explicar todo, y nunca lo podrán hacer, así como tampoco el movimiento elíptico de los cuerpos celestes podrá develar la cifra que se esconde en los algoritmos divinos. Galileo habló de un libro sapientísimo que los hombres tienen siempre delante de sus ojos y que nunca saben leer: “Yo creo verdaderamente que el libro de la filosofía es el que está perpetuamente abierto delante de los ojos; pero, como está escrito con caracteres distintos de los de nuestro alfabeto, no puede ser leído por todos; pero los caracteres de semejante libro son triángulos, cuadrados, círculos, esferas, conos, pirámides y otras figuras matemáticas que se prestan mucho a esa lectura”.

Pero lo que los cielos dicen no puede ser comprendido con las matemáticas únicamente, y mucho menos pueden éstas ayudarnos a contestarle. Hasta este mismo instante, el autor de estas líneas ha vivido esperando la revelación de lo verdaderamente racional, a pesar de haberla estado buscando desde ya hace mucho tiempo, quizá en un lugar equivocado. A fuer de las ilustraciones teológicas que me he propuesto seguir, creo pertinente hacer algunos apuntes que marquen el comienzo de una búsqueda divino-científica, para que quede al menos un testimonio de que alguna vez se intentó.

Débese creer en lo divino al igual que en lo científico. A pesar de la mutabilidad de las religiones y el paso aplastante de los siglos, Dios es uno e incólume. Lo que variaron fueron las escrituras, las culturas, las prácticas, los temperamentos, etc. Divinidad y Ciencia no tienen por qué andar separadas ni ser una sinergia ilógica, y es que las matemáticas nunca han estado demasiado lejanas de la mano de una Mente maestra. El pensamiento y las ciencias deben interpelar a la religión, a pesar de que ésta se sostiene por sí misma.

Cuando una persona se siente ante la infinitud del todo (físicamente hablando) y adquiere consciencia de la particular complejidad de los organismos más diminutos que viven en esta tierra, cuando se sabe que se tiene una explicación de la evolución del planeta pero no una sobre la creación del Todo, cuando se ha visto un lucero en el cielo o una hormiga en un pajonal, en ese momento, digo, se siente un impulso en la espalda que empuja hacia la indagación. La humanidad se ha visto dominada por el estupor cuando vio el firmamento estelar, inmenso y puro, y la cicatriz de una herida en la piel de un ser vivo.

Y las preguntas empiezan a perseguir como avispas enloquecidas. Porque el buen creyente no debe ser ultramontano u ortodoxo. ¿Cómo pudo un Dios perfecto y omnipotente sufrir, si el sufrimiento es sinónimo, filosóficamente hablando, de debilidad? Cuando crío, ¿sabía el Mesías de su naturaleza divina y su poder? Lo que yo creo, desde mi modesto y limitado punto de vista, es que aquel Hombre supo desde niño una verdad superior, y que ignoraba todo al mismo tiempo. Extraña fatalidad! Dios detesta la avidez y la lujuria, pero ¿puede un Dios, que es solo amor, detestar? ¿Cómo Dios maldice al Demonio si Aquél es todo amor? ¿Tiene nuestro planeta unos pocos miles de años o muchos millones? ¿Cómo si la Biblia es infalible puédese pensar que el sol se detuvo cierta vez, violando las probadas teorías de Galileo? ¿Los números de Leibnitz no son suficientes para saber que hay en el todo un orden superior? En fin, ¿puédese demostrar la existencia de Dios a través de los principios pitagóricos y las matemáticas de Newton?

Habréis notado que hay en el mundo hoy un loco afán por relativizar hasta lo más nimio, por abolir lo solemne y lo ordenado, por reducir a cenizas la arquitectura de las instituciones antiguas, que no son sino el fruto de la experiencia de las generaciones. Lo divino triunfará, acaso con más fuerza que en el Medioevo, cuando se halle el maridaje entre cosmología y mecánica cuántica y las fuerzas metafísicas. Lejos están las corrientes cristianas de extinguirse o morir de inanición, dado que un soplo renuévase día tras día.

He encontrado en el periodismo una tribuna para abordar, además de los menesteres del debate cívico, no respuestas, sino cuestionamientos de la filosofía divina, que acaso echan más lumbre que aquéllas.

Ignacio Vera Rada es estudiante de latín en la Universidad de Salamanca

Twitter: @ignaciov941