Opinión

7 de abril de 2017 12:25

UN MUNDO VIOLENTO


La “paz mundial” a la que muchos aluden como ideal en el orden internacional parece nada más que una frase bonita pero carente de sentido y correlato en las acciones que día a día se van sucediendo en nuestro país y sobre todo en el contexto internacional actual.

Si en el siglo XX, las terribles dos guerras mundiales representaron cruelmente la capacidad destructiva de la humanidad y abrieron paso a configurar un mundo bipolar de susceptibilidad continua respecto de una tercera guerra mundial; en las primeras décadas del siglo XXI, en un contexto multipolar (o unipolar capitalista), la amenaza de la violencia terrorista y la conflictividad permanente en diversas regiones del planeta son muestra lacerante de la incapacidad de construir un mundo con paz.

En estos últimos días somos testigos (a veces indolentes) de múltiples formas de violencia en el escenario internacional: Atentados terroristas en Londres, Estocolmo, el inhumano uso de armas químicas contra civiles en Siria, el ataque con misiles de USA a una base siria, son una triste muestra de la violencia que hay en las mentes y corazones de quienes dirigen países y grupos extremistas.

Particular atención requiere la guerra civil en Siria, en la que están involucradas de una y otra manera -especialmente contribuyendo con armamento- potencias extranjeras como USA, Rusia, Irán, Turquía y otros, apoyando a distintas facciones. Su presencia no es desinteresada y claramente no apunta a la construcción de la “paz”.

La hipocresía política lleva a reuniones estériles (o bloqueos decididos como en el Consejo de Seguridad de la ONU), a discursos engañosos o simplemente a calcular el costo-beneficio de la ayuda en pro de sus intereses económicos. La hipocresía social nos conduce a soltar algunas lágrimas ocasionales o a las condenas furiosas por la muerte de niños cuando vemos las imágenes de lo que la violencia está haciendo en Siria. Pero no a trabajar por la paz, desde lo germinal.

En más de 6 años de conflicto, ACNUR registra, a marzo de 2016, 4,8 millones de refugiados sirios registrados en varios países y han muerto más de 300 mil personas (entre ellas niños-as a quienes se les aniquiló el futuro brutalmente) lo que además está generando una crisis en Europa frente a la llegada de estos refugiados.

Pero a todo esto, ¿cómo vamos por casa? ¿cuál es nuestro compromiso real con la paz y la no-violencia como forma de existir humanamente? La no-violencia se siembra en las familias (cuando en el país el 93% de la violencia se vive, casi a diario, allí), en las relaciones de justicia e igualdad, en el respeto a la diferencia y la tolerancia constructiva, o en la eliminación de paradigmas machistas y patriarcales que ciegan la vida a mujeres, jóvenes y niñas.

Las denuncias  y cifras de acoso sexual, de violencia intrafamiliar, de feminicidios, de discriminación son pan cotidiano en la información. A esto se añade que muchas veces quienes son responsables de combatir estos males son quienes los primeros en realizarlos.

La paz no se establece con discursos, con disimulos diplomáticos de los gobernantes poderosos, con más violencia para combatir la violencia, con la prevalencia del grito del más fuerte,  con la etiqueta de “buenos “ y “malos”, con leyes ineficientes. La paz es fruto de relaciones justas, de la capacidad humana de razonar y de sentir con el otro, la otra. La paz sólo es posible cuando los intereses económicos, geopolíticos de dominio o de demostración de fuerza dejan de gobernar el mundo y quienes ejercen violencia son despojados de todo tipo de poder.

La violencia, un mundo violento, no nace espontáneamente hay actores y factores que llevan a que ésta se de, crezca y permanezca en personas, hogares, grupos sociales y países. Las condenas contra la violencia deben partir por examinar nuestras acciones efectivas en pro de la paz y el respeto a la dignidad humana; a la vez que se extirpa ese mal en nosotros.

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