Opinión

6 de septiembre de 2017 11:45

LA VIOLENCIA QUE NO EVITAMOS


Un nuevo hecho de violencia, cruel, se ha desarrollado en estos días. Profusamente circularon las imágenes de cómo un grupo de jóvenes golpearon con saña a otro joven hasta ocasionarle la muerte. Esa violencia debería estremecernos lo mismo que debería estremecernos cualquier forma de violencia capaz de dañar, afectar u ocasionar la muerte a cualquier ser humano y que se está dando en nuestro país con excesiva frecuencia.

Los reportes de feminicidios, violencia contra niños y niñas o contra ancianos, la que se da entre jóvenes de pandillas y al interior de las familias son alarmantes pero a veces caemos en la indiferente suma de información sin que eso agite nuestra conciencia y nos convierta en agentes contra la violencia y a favor de una cultura de paz, de solución de conflictos por medios pacíficos y de diálogo.

Junto al horror de la violencia que vivimos, de múltiples maneras y en diversos espacios, está la terrible posibilidad de naturalizar esos hechos, de narrarlos sin que nos conmueva o de saber de los mismos pero sin hacer algo para evitarlos y cambiar aquello que los produce.

Si bien es cierto que cada caso puede tener unos móviles y causas distintas también es cierto el hecho de que en la raíz de muchas de estas actuaciones están la ausencia de valores y límites a una mal entendida libertad.

Como sociedad estamos fallando en desarrollar y compartir valores de respeto, tolerancia y compasión (que no es lástima) hacia el otro, la otra. Somos capaces de actuar con violencia contra mujeres, niños, ancianos, pobres, personas con discapacidad, etc. porque los inferiorizamos, porque no los apreciamos y valoramos como personas humanas con igual dignidad y porque creemos que nuestros derechos, deseos o criterios son los únicos que valen. Nos estamos faltando al respeto constantemente porque no nos han enseñado, ni estamos enseñando, a valorar y respetar cada vida, con discursos o sin ellos.

A la terrible ausencia de valores humanitarios se suma la ausencia de límites en una cultura excesivamente permisiva, que puede llegar a sostener que la libertad individual y los derechos individuales son el único criterio válido para nuestro actuar.

Es preciso que comprendamos que la libertad tiene límites (y se debe educar desde la infancia en la familia), lo que se desea o quiere no es el único parámetro para hacer algo ya que puede generar personalidades caprichosas e inmaduras y que junto a la exigencia de derechos está la obligatoriedad del cumplimiento de deberes, que no dependen sólo del gusto o disgusto por ellos.

La violencia que vivimos y no evitamos, con múltiples causas que la sostienen y explican, tiene que ver -entre otros elementos- con la deficiencia o carencia de valores que nos hagan mejores personas que saben ver en los demás otras personas y no objetos; tiene que ver con la incapacidad de definir límites que ayuden a comprender que no todo se puede, no todo lo que se quiere es para bien y que la felicidad no se conquista con libertades irrestrictas; nadie tiene derecho a violentar a otra persona y debemos educarnos como sociedad en eso para no seguir sumando muertes sin que realmente no nos afecten.