Opinión

9 de octubre de 2017 18:33

LA DEMOCRACIA ¿ES LO QUE CADA QUIEN SE IMAGINA?


El 10 de octubre de este año celebramos 35 años de vida democrática en Bolivia. Previamente, antes del período dictatorial, se dieron episodios democráticos que, por los condicionacimientos de la época, representaron una democracia limitada (censitaria) y poco inclusiva o participativa.

Cuando se habla de democracia alguna gente tiene en su imaginario la democracia griega, como la democracia clásica que se debe reproducir en los Estados actuales y poco o nada tiene que ver ésta con la democracia del siglo XXI en el país. La democracia ateniense (que no era toda Grecia) era para los ciudadanos (por ello excluyente), usaba más el sorteo que la elección, implicaba cambios en el poder y podía ser directa por el número reducido de ciudadanos. En los discursos politicos extraviados a veces se recurre a esta forma democrática como el espejo en el cual reflejarse.

Tampoco es que vivamos la democracia liberal del siglo XIX y algunos de sólo escuchar “liberal” se espantan pues ignoran el sentido politico y las conquistas que supusieron para el mundo el liberalismo frente al absolutismo monárquico (que probablemente algunos quisieran implantar nuevamente bajo el disfraz de lo legal y constitucional).

Por otra parte, la democracia tampoco es el ideal hecho realidad en lo que toca a los intereses de los políticos o poderosos. Algunos insisten en entender la democracia como la obtención de beneficios particulares y la protección de intereses y supuestos derechos, aunque para ello pisoteen el bien común y los derechos de los demás. La democracia como forma de justificar apetitos individualistas puede ser la que resuene en varios quienes, por ejemplo, utilizan los bienes públicos para su goce particular, desean amañar las leyes para que redunden en propio beneficio o perpetuarse en el poder usando el voto del pueblo.

Hoy la democracia ha ido ganando terreno en la sociedad y el Estado, no sólo como sistema de gobierno o forma de Estado sino como una manera de vivir entre ciudadanos, más amplia en su conceptualización y representación social así como en los ámbitos de la convivencia.

Ahora bien, esa ampliación en el concepto y la vivencia de la democracia, ya no reducida, por ejemplo, a lo electoral, o a la representatividad o a los partidos políticos podría llevar a la confusión de qué es la democracia o las democracias, como señala nuestra actual Constitución Política del Estado en el artículo 11; de aquello resultaría ser todo y nada.

El reconocimiento de la democracia como directa y participativa, directa y comunitaria, explicitado en el artículo citado, como formas de gobierno, es valioso en la medida en que se establezcan los mecanismos de interrelación y funcionamiento de dichas formas diversas. La pregunta es ¿está sucediendo eso?

Las luchas sociales para conquistar la democracia, la participación efectiva en lo que toca a todos y todas, los mecanismos de control al poder, la vigencia y garantía real de derechos así como la obligatoriedad en el cumplimiento de deberes, sin privilegios absurdos, son en definitiva los espacios donde la convivencia democrática aún lucha por hacerse presente. La llamada democracia intercultural y comunitaria parece asomar a ratos pero cuando se trata de consultas o tomar en serio la participación indígena en el Estado el discurso es más aguado y las acciones contradictorias (cuando no represivas)

En el discurso y las acciones, ciudadanos y gobernantes, en ocasiones, pretendemos adecuar la comprensión de la democracia a lo que más nos conviene. Respetamos las leyes sólo cuando nos conviene o las interpretamos para no salir perjudicados, inventamos mecanismos “legales y legítimos” para burlarlas o simplemente “le metemos no más”, aducimos libertad de expresión sólo para quien la invoca y muchas veces nuestra participación electoral se convierte en un acto irresponsable del que no asumimos las consecuencias.

Como en todo, hay avances y retrocesos, pero está claro que la democracia está continuamente amenazada por los poderosos y no puede ser que cada quien le de la interpretación que le convenga. Debemos trabajar más en la institucionalidad democrática, en el fortalecimiento del respeto a los derechos y deberes, en la sana libertad de expresión y separación de poderes, en el ejercicio pleno e derechos y libertades, asumiendo que tanto gobernantes como gobernados debemos cuidar lo que costó vidas y sueños, lo contrario sería traición.